Un sistema educativo social no se codifica por decreto, no cambia en su raíz de no modificarse la semilla primigenia, sabiendo que no se consolida su transformación en una generación ni en dos. Pero todos los caminos comienzan por el primer paso, al decir del filósofo. En la Edad Media hubieran sido santos los que hoy son herejes y viceversa. Si un adulto universitario no concibe y explica su propia sexualidad nada ha de estimular al núcleo escolar si no existe cátedra neuronal cultivada y veraz.
Es innegable que el ser regional tuvo una educación sexual desde su conformación original, fundada en la comprensible ignorancia, la represión, el tabú, la descalificación y el menosprecio por el temor y el disconformismo instintivo, la autosatisfacción, el escondite, el silencio, la elocuencia inmutable de la reproducción del animal doméstico, la preñez y el parto, la ingenua explicación, que son todas formas de manifestación de la sexualidad animal de toda época con absortos protagonistas animales y humanos. Al hecho sexológico objetivable y natural se le opuso negación, ocultamiento, divagaciones y tontas banalidades para cubrir ridículamente goce y fenómeno reproductor como la matriz fisiológica de la vida.
El complemento sexo y amor aún hoy se presenta como un subterfugio, negro uno y blanco el otro, imposibilitando el tránsito a la alternativa de otro porvenir franco y cierto, a la confianza y la ejemplaridad, que despierte y estimule visiones claras para otra herencia con dignidad y vergüenza demostrativa. Sexo y sexualidad son palabras castellanas como trigo y pan.
Santo idioma que sirve para comprender y entenderse. Porque el mal lenguaje no existe si hay inteligencia y respeto, amor, lugar y formas expresivas. Y el sexo es tan bueno y necesario como el aire. Pero el oscurantismo gana espacios, y las observaciones y conclusiones de los congresos científicos, o así rotulados, se ignoran y olvidan pronto en el aspecto funcional que hace a la seguridad vital de los pueblos y sus renovados problemas.
La peor de las docencias es aquella sustentada en el prejuicio y el miedo. El descubridor del VIH, Dr. Luc Montagnier, premio Nobel, sentenció que ‘no habrá avance científico mientras se considere al Sida como una cuestión moral y no como un serio problema de salud pública’. Los médicos deben entender que la profesión obliga a actuar por sobre los prejuicios y confesiones. Es costumbre renegar, en el mundo de hoy, de nuestras propias bases culturales y éticas; entregarse con rebeldía y locura a la asimilación, sin medida ni pudor, de actitudes y formas de conducta aberrantes y desvergonzadas, en base al criterio neurótico y global de modas colectivas, fantasiosas, invertidas y extrañas. En este mercado vil intervienen todos los factores de poder: estatal, periodístico, gubernamental, literario, médico, industrial, doctrinal, empresario. Corolario: pérdida de identidad, atraso, úsese y tírese, consumo y hedonismo. Errores y horrores que perpetúan la oquedad y el esquive al diálogo abierto.
Qué cosa es lo normal y lo tradicional, las costumbres y el progreso, la moral y lo ético, lo justo y equilibrado. En esa pérdida de identidad para adaptar, copiando, modismos extranjeros en la vestimenta, el lenguaje oral y corporal, ingresa también el conocimiento distorsionado del sexo y la sexualidad. Todo se modifica, y se hace mercado y pornografía, morbo y negocio, casi siempre acompañado de la ignorancia, el deseo no satisfecho del saber escolar y hogareño, y anulado el intelecto de la exposición cierta en un entorno serio, adecuado, corregible y responsable.

Ni el hogar, el medio humano, la escuela, el culto, la medicina se otorgan culpas ni conceden prerrogativas no convenidas ni explicitadas en tiempo, lugar y forma. Se interpreta la violencia sexual cotidiana, privada o pública, como inconexa de la realidad desinstruida en los fundamentos vivenciales básicos, que el medio ambiente pacato, incapaz de analizar lo bárbaro puertas afuera sin entender su raíz, condena sin comprenderla por ser parte del mismo sistema, y expuesto por ende a los mismos riesgos y desatinos.

Existe un exagerado sentimiento de la propia superioridad, por el simple hecho de ser mayores de edad, o padres (como si eso adjudicara sabiduría y propiedad absoluta sobre cuerpos y sentimientos ajenos) que determina una inadecuación desfavorable de la personalidad. Y no educa ni enseña quien quiere sino quien sabe, o bien quien ignora pero conoce su límite de ignorancia y desea, por voluntad y preguntas a su conciencia, superar esa frontera con instrucción seria. Lo cierto es que el niño desarrolla una progresiva discriminación corporal con sensaciones y placeres, hasta componer para sí un gradual reconocimiento de su propia identidad orgánica, con cambios externos y experiencias intransferibles por derecho íntimo puro y biológico.