Pocos perfiles humanos del siglo XX han cobrado tanta relevancia como el de Edith Stein. Esta santa monja carmelita, conocida también como santa Teresa Benedicta de la Cruz es una síntesis viviente de la compleja y crítica existencia del hombre de la cultura europea de la primera mitad del siglo pasado: fenomenología y crítica al neokantismo y al positivismo, el idealismo filosófico y la vuelta al realismo, libertad y formas totalitarias de poder, judaísmo y antisemitismo, educación y burguesía, la mujer y su recuperación en el orden natural de las cosas, la experiencia religiosa en un mundo desacralizado, interioridad y contemplación en una sociedad desinteriorizada. Todo esto lo vivió, y en todo esto fue protagonista.

Judía de nacimiento, Edith fue una mujer de inteligencia brillante. Su inquietud por descubrir y seguir el camino de la verdad la llevó primero a convertirse al catolicismo cuando tenía 31 años y después a ingresar en la vida religiosa. Mujer inteligente, valiente, decidida se entregó a Dios y a los demás. Al convertirse renunció a la religión judía pero en ningún momento renegó de su condición de hija del pueblo elegido y murió en medio de los suyos siendo judía.

Fue una de aquellas innumerables víctimas inocentes del campo de extermino Auschwitz. Supo intuir con anticipación la tragedia que se cernía sobre su pueblo y ofreció su vida a Dios como víctima propiciatoria para tratar de calmar aquella hoguera de pasiones y odios que se había encendido por aquellos días en la Alemania nazi.

La santa autora ha pronunciado entre 1928 a 1933, en que se cortó violentamente su actuación pública, una serie de conferencias reunidas en la obra "La mujer”. Su tarea según la naturaleza y la gracia, en donde revela una penetración atenta e independiente de la cuestión de la mujer y ciertamente en la amplitud real del problema: política, social, filosófico-antropológica, incluso eclesiástica, canónica y finalmente también teológica.

La voz de Edith Stein es particularmente digna de ser oída, dado que no se había formado desde el principio en las concepciones católicas. Antes bien, dada su procedencia, juntó una cosmovisión burguesa y liberal con una severa formación filosófica de la conceptualidad, y así realizó su entrega al cristianismo con una posesión amplia e inacostumbrada del patrimonio extra cristiano. Así nos ofrece una percepción de la mujer sistemáticamente ordenada.

Es más, las palabras de esta santa han adquirido un carácter particularmente testimonial a través de su vida y más aún por su muerte forzosa pero aceptada. Y de este modo se espera con razón más de una verdad existencialmente testimoniada que de las verdades aprendidas y leídas.

Después del bautismo, retada por su actividad docente en Santa Magdalena en Espira, pero también por los viajes de conferencias en Alemania, Austria y Suiza, se preocupa por la educación específica de las niñas en un sistema de educación con clara impronta masculina. En la obra citada ella afirma que "’La lucha se lleva a cabo contra una educación de las niñas que casi exclusivamente descansaba en manos de hombres y cuyos objetivos y caminos fueron determinados por hombres”.

Como mujer, Edith ha podido desarrollarse humana e intelectualmente y también ha experimentado en su carne la discriminación. Sólo cabe recordar que no pudo acceder a una cátedra por el solo hecho de ser mujer. Pero ella vive plenamente la aceptación de su condición femenina, con el deseo profundo de llevarla a la plenitud, con vocación de maternidad ejercida en la enseñanza, en la formación, en el trato delicado con los otros, y en el cultivo de la vida espiritual.

Considera importante que la Iglesia colabore con el movimiento femenino de liberación de la mujer, pero el movimiento femenino católico debe aportar a su vez su concepción del mundo y la riqueza espiritual que le ofrece la fe.

En las numerosas conferencias que dictó, promovidas por la asociación de maestras católicas habla sobre la mujer y su significado en la sociedad. Ella se convierte en la portavoz de los esfuerzos promovidos por las mujeres católicas, dilucida aspectos oscuros y abre caminos nuevos.

Lucha para que le sean reconocidos a la mujer los derechos propios de todo ser humano y los específicos de su feminidad. Defiende el papel de la mujer en todos los ámbitos de la vida cultural y social.

Constantemente se esfuerza por orientar la mirada de la mujer hacia su purísimo ideal, hacia María. Todos los problemas femeninos los soluciona estudiando la conducta de María. Hace observar que Cristo dirige la mirada del creyente hacia el Padre del cielo, pero María tiene la misión de llevar los corazones de los hombres hacia su Hijo. Esta misión le ha sido también encomendada también a toda mujer.

María fue para Edith, el modelo de esa mujer fuerte, de esa mujer capaz de asumir en la historia los papeles más imprevisibles y de llevarlos a término con calidad, precisamente porque fue la mujer cuya calidad de vida rebosaba desde lo más profundo de su ser.