Hasta las últimas décadas del siglo pasado la escuela pública conservaba un respeto institucional por lo que significaba en su tarea de educar y formar a las nuevas generaciones y constituir un centro convocante para desarrollar actividades culturales y sociales gracias a la respuesta y aportes de las entidades periescolares y de bien público. Y más cerca de la comunidad si se trataba de un establecimiento rural.

Ahora todo ha cambiado radicalmente. La escuela parece ser propiedad de nadie y como tal atacada reiteradamente por malvivientes que roban equipamientos, material didáctico y hasta alimentos si tiene comedor escolar, o directamente ingresan a depredar por el enfermizo placer del salvajismo. La ausencia de personal de vigilancia, y la indiferencia de padres de alumnos y vecinos, conforman un cuadro de temor porque los ilícitos se cometen en cualquier momento y en ocasiones están implicados hasta exalumnos o allegados que facilitan las incursiones.

Sobran ejemplos del saqueo, caso de la Escuela Provincia de La Rioja, en Chimbas, que la semana pasada sufrió el enésimo robo y con tanta facilidad que ni siquiera forzaron el ingreso. Los episodios se agravaron desde el año pasado con sustracciones de ventiladores, artefactos de gas, bicicletas, una moto y armarios violentados como moneda corriente. Hasta los alambrados y mallas metálicas perimetrales tuvieron que reemplazarlos por paredes de ladrillos, pero de nada sirvió. Otro tanto ocurrió a principios de mes en dos escuelas de Rivadavia, la Diógenes Perramón y la Provincia de Tucumán, ambas desvalijadas de equipos electrónicos e informáticos, herramientas, ventiladores y elementos didácticos que incluyó un esqueleto humano de plástico, recuperado después en un allanamiento.

La vulnerabilidad del edificio escolar no difiere de la que puede tener una casa de familia desprotegida frente a la ola de inseguridad que sacude al país -porque los robos a escuelas se suceden en todos lados-, pero ante todo existe una desvalorización social del ámbito educativo que antes era celosamente respetado y conservado por todos los actores. Ahora el vandalismo lo protagonizan hasta los propios alumnos ocasionando daños que comienzan con leyendas en las paredes, y el silencio cómplice de los padres, cuando no la reacción intempestiva contra docentes y autoridades.