Más allá de los desvaríos propios de nuestra constante dicotomía, nuestro ser nacional está impregnado de una cultura valorativa que le distingue y encuadra en su proyección. Por ello, no es útil compararse con el resto del mundo porque podríamos concluir que "mal de muchos consuelo de tontos", además, en el marco de esta perspectiva no necesitamos los argentinos referencia externa o foránea. Está en nosotros nuestra propia referencia digna de alcanzar la debida valoración, para educarnos y educar según devenga de nuestra cultura, auscultándola para recurrir y extraer los elementos dinamizadores que servirán a la confusa sociedad contemporánea nacional en su pretensión por recuperarse.
El rol eminente de los padres, más allá de toda discusión, es la educación de sus hijos. Aquí reside el verdadero acierto de la persona humana, porque ella es punto de partida y fin de la más noble, generosa y amorosa labor del hombre y de la mujer cuando asume responsablemente su paso por el planeta. Es precisamente ese rol soberano y trascendente el que nos equivoca, por lo tanto, es también el que nos hace sufrir porque no bastan las buenas intenciones, cuando en la indolencia descubrimos las carencias en el ejercicio suficiente de la autoridad (flagelo humano en la nueva sociedad) y el desconocimiento de la herramienta idónea para moldear esa porcelana de la vida que son nuestros hijos. La sensación de que nuestras vidas están vacías y carecen de profundidad es un signo contradictorio atiborrado de insatisfacción que se adueñó de nuestro tiempo, demasiado presuroso, que nos veda la posibilidad enriquecedora de mirarnos hacia adentro. Hay preguntas que no pueden estar ausentes en los padres y que debemos instalar en la familia que amamos: ¿para qué vivimos y pugnamos? ¿Cuál es el significado de la vida? Los padres educamos como se nos ha educado. Educamos para que nuestros hijos obtengan honores, para que sean más eficientes, para que alcancen una buena posición, para un status absurdo que los fustiga en una competitividad también absurda y desprendida de cualquier principio o valor. Todo esto es importante como herramienta que le sirve al hombre para el ejercicio técnico de determinadas actividades o para el logro de determinadas cosas meramente accidentales. Advertimos con enorme insatisfacción que nuestros hijos no son felices, ante el hecho grave de confundir las herramientas con objetivos. Nosotros tampoco fuimos felices porque no nos educaron para serlo, entonces, hoy, sólo podemos transmitir nuestras carencias y equívocos lastimeros que nos colman de lamentos a partir de sus consecuencias.
El hombre es mucho más que un ser que maneja herramientas para sostenerse en determinados status de la existencia. El hombre es, fundamentalmente, una dignidad en constante forcejeo al que le es imprescindible conocer el sentido de la vida. Inmediatamente lo descubre, lo comprende y lo asimila, debe abocarse a darle orientación a esa vida. En ese camino definirá sus creencias y afirmará sus convicciones para que no le abatan las adversidades que acechan peligrosamente. El hombre insatisfecho no sólo no es feliz, sino que ningún logro material le contenta ni produce en él realización plena. Educamos para una sociedad que no dominamos, que desconocemos y que nos exige desde conceptos y evaluaciones rentistas, en virtud de una referida producción numérica, según corresponda a los objetivos materiales de esa sociedad que nosotros mismos hemos creado y adornado. En esta perspectiva estamos obligados a pensar que la educación no sirve si nunca llegamos a descubrir que la vida tiene un significado mucho más inmenso y sublime.
