Los vientos actuales no pueden ser más frustrantes. La decepción es tan profunda en ocasiones que nos deja muertos. Es el momento, por ello, de activar la defensa de todo ser humano, la lucha en favor de su dignidad y de tantos valores humanos perdidos.
También es vigoroso que el ser humano escuche la llamada a corresponder con todo su ser, sin que nada de él quede excluido, en auxilio de quien pide ayuda. En efecto, si no tenemos sosiego dentro de nosotros, difícilmente vamos a donar concordia alguna a nuestro alrededor y aún menos prestar apoyo.
Para desgracia de todos, el mundo es cada día más inseguro, más violento. La tasa de criminalidad en el mundo nos desborda. Drogas, armas y falta de expectativas forman parte de este desconcierto. Precisamente, en medio de este caos, conviene que recapacitemos sobre el sentido de lo armónico y apostemos por menos enfrentamientos y más unidad. Al respecto, pienso que son un acierto los objetivos de España al presidir el Consejo de Seguridad de la ONU. Cuando menos su trazabilidad resulta bien clarividente: un debate de alto nivel sobre cooperación judicial y terrorismo, la revisión de la resolución 1540 sobre la no proliferación de armas nucleares, químicas y biológicas para evitar que se adquieran armas de destrucción masiva, y abordar el fenómeno de la trata derivados de una situación de conflicto.
Uno de los objetivos de la resolución en proceso de negociación es que las víctimas de tráfico de seres humanos sean consideradas víctimas de terrorismo y también incluye una serie de medidas un poco más agresivas que están siendo debatidas por miembros del Consejo de Seguridad. Sea como fuere, el mundo al que debemos aspirar es un mundo en el que todos se sienten responsables de todos, del bien de todos. Vale la pena esta apuesta y el retorno a uno mismo para hallarse con la verdad.
Lastima que hayamos perdido de vista el horizonte de belleza y de bondad, encerrándonos en nuestro propio egoísmo. Hoy sabemos que las montañas cubren el 22% de la superficie terrestre del mundo y son el hogar de 915 millones de personas aproximadamente, representando el 13% de la población mundial. Sin embargo, uno de cada tres habitantes de las montañas en los países en desarrollo es vulnerable a la inseguridad alimentaria, y se enfrenta a la pobreza y al aislamiento. También somos conscientes que el 50% de la población mundial vive hoy en día en las ciudades.
El éxodo rural hacia las grandes metrópolis nos consta que aumenta exponencialmente cada año, con lo que esto conlleva de la pérdida del arraigo y la adaptación a nuevos entornos. Por tanto, deberíamos ser más acogedores, ya que el futuro, por decirlo así, está contenido en el presente o, mejor aún, en el acompañamiento de cada cual con los demás.
La creatividad, la lucidez para reorientarse, es algo que pertenece a la esencia humana. Estoy convencido, en consecuencia, que el mundo a pesar de sus divisiones y de multitud de enfrentamientos, finalmente se reencontrará con esa ciudadanía solidaria dispuesta a renacer como familia de naciones.
"SÓLO EN soledad se siente la sed de sociedad. Probémosla. Al fin y al cabo, no hay que salir fuera, hay que entrar en nosotros para divisar la legítima realidad que nos rodea".
