Él era uno de los pocos hombres jóvenes que había tratado en su vida y el primero con el que se le permitió conversar a solas. Cuando se convirtió en su esposo, ni la predeterminación ni el miedo al cambio que suponía la boda impidieron que naciese en ella un sentimiento de auténtica veneración hacia aquel hombre no sólo apuesto, exquisito y atento, sino también dotado de una fina inteligencia política.

José Ignacio de la Roza era descendiente de una ilustre y rica familia sanjuanina, dueño de un inmenso patrimonio forjado por su abuelo Tadeo y acrecentado por su padre Fernando. Luego de doctorarse en derecho en Chile se había establecido en Buenos Aires. A fines de 1814 regresó a su provincia y a los pocos meses fue nombrado Teniente Gobernador de San Juan, como una promesa, centro de todas las miradas, a quien la suerte le sonreía.

Ella era Tránsito de Oro, su prima segunda, retoño de una estirpe con varias generaciones de arraigo y no poca fortuna. Vinculada por rama paterna a los de la Roza, cauta, culta, con posición social y riqueza la convertía en la prometida soñada.

El matrimonio desde el Concilio de Trento, en el siglo XVI, permitía la libre elección de la pareja, sin embargo, el poder de las familias en la práctica desacataba dicha ordenanza. Las familias fundacionales vivían en sus respectivas unidades domésticas, con una gran cantidad de bienes, cargos y educación entre sus miembros, todos ellos funcionarios públicos, integrantes del Cabildo, dueños de tierras y un pasado distinguido.

El matrimonio era concebido como una institución base de la sociedad como garantía de la legitimidad y continuidad social de la familia. Mediante este vínculo se conservaba el status y el patrimonio, por esa razón, las familias más poderosas y reconocidas se emparentaban unas con otras.

Pedida la mano, en el período entre el compromiso o esponsales y el matrimonio, la novia se preocupó de preparar su ajuar: ropa femenina, de cama, de mesa; y ambas familias de invitar a los convidados a la ceremonia y a la comida de bodas.

El día elegido fue el 12 de enero de 1817, se repicaron las campanas y se tocó el tambor en la Plaza Mayor para dar carácter público a la ceremonia.

Cuando llegó la novia, entre el musitar del gentío que se apartaba para dejarle paso, sorprendió lo linda que era, su aire candoroso y angelical, y su mucha juventud, una niña más bien que una mujer. No vestía de blanco porque tal costumbre no existía, pero no había olvidado la mantilla de blonda española.

En aquella época las bodas tenían dos partes. La primera era el rito matrimonial, que se hacía en la entrada del templo, junto a la puerta. Allí los novios dieron su consentimiento, recibieron los anillos, unieron sus manos y se aceptaron el uno al otro, bajo fórmulas vetustas en latín y castellano que el ritual romano recogía con todo detalle. A ambos lados de los contrayentes hubo dos hombres que apadrinaron con impecable traje que recordaba algo el de los alguaciles del siglo XVII: calzón ancho, capotillo y camisa almidonada.

Una vez proclamada la unión, en el interior, se completó la celebración con la bendición nupcial y se validó con la Misa de Velación. Hincados de rodillas en el ara del altar les fue colocado el velo, o yugo, cubriendo la cabeza de Tránsito y los hombros de José Ignacio, al tenue resplandor de las velas que arrancaba de cuando en cuando fugitivos fulgores de los dorados de la casulla del oficiante.

Terminada la misa, la novia con los ojos bajos y la expresión de modestia que el caso requería, y el novio, muy ufano, se dirigieron seguidos de numeroso cortejo al banquete que los esperaba.

Como toda mujer y hombre que se casan, sintieron burbujear las ilusiones, habían figurado mil veces la ceremonia, el misterio que la acompañaba, y la habían revestido de todos los encantos de la belleza. El pudor, la pasión, la incertidumbre, la esperanza, la felicidad que se sueña con tal aureola en el momento supremo de la vida.

A la semana siguiente de la misma Plaza Mayor el Comadante Cabot partía con su columna en busca de la cordillera y la independencia americana. Para José Ignacio y Tránsito una nueva vida había comenzado, para el pueblo una nueva patria estaba naciendo.

(*) Profesora en Historia.