Aceptado por la Real Academia Española, nuestro argentino "blablá” es una figura de dicción en la que se simplifica la repetición conjugativa -en modo imperativo- de la segunda persona del singular del verbo "hablar”: Habla tú. Si alguien habla demasiado, con palabrerío vano, se dice que "habla, habla, habla” -habla tú = hablá vos-, lo que, por forma conjuntiva de uso, adaptación y asimilación, pase a ser "blablá, blablá, blablá”.
Esa casi "infantil” expresión es sinónimo de "palabrerío”, vale decir, ociosidad en la expresión verbal, infructuosidad sin provecho ni sustancia. En política, el "blablá” se puede presentar cuando hay inconsistencia argumental, cuando los conceptos adolecen de verdad, cuando se busca solamente el "arrimo” popular, sin importar el medio para conseguirlo. Ataques… Esa crítica opositora,que entra en la categoría de destructiva, se refleja en las metafóricas palabras de Cervantes, en boca de su Don Quijote: "Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”. Esta magnífica figura retórica trasluce la suspicacia ajena, preñada de malicia intencionada.
Cae por su peso que los valores positivos o negativos que acompañan la acción gubernativa, son propios del manejo de la cosa pública: El Estado sujeto a relatividades de juicio y opinión. El rol de la oposición es mantener una legitimidad constructiva.
Lo que una nación es, presupone la permanente decantación del resultado de los hechos en su historia; el momento que se vive previene de numerosos momentos que fueron plasmando el ser nacional. De una u otra forma, nada de lo sucedido es perdido; todo repercute dentro de la expresividad "vida de una nación”, lo cual, acumulado como experiencia, debe significar el mantenimiento de trayectorias que sustenten la prosecución interminable de llevar adelante al país.
Se debe juzgar no sólo por lo perdido, o no alcanzado, sino también, en paralelo y con justeza de equilibrio, por lo conseguido, en abarcamiento panorámico de un mando casi siempre cuestionado. El respaldo de lo construido sostiene la realidad del presente.
Argentina no ha ganado ni perdido "su” tiempo, está encaramada a la altura de sus merecimientos, como obra resultante de aquellos que la supieron mantener en una gobernabilidad propicia.
