Me sorprendió, la primera vez que lo vi. Menudito, con sólo una musculosa en días de frío, el pasito seguro y al compás y cantando con todo el alma las canciones que desde algún negocio salen a la Peatonal a buscarlo. Sabe todas las letras y las declara con furia dulce, con energía de pájaro libre. Siempre el mismo pasito en redondo. A pocos pasos, una cajita donde su corazón espera el abrazo anónimo.

Los artistas callejeros son eso: gorriones libres, dignos animales de la calle que piden un poco de amor en monedas cotidianas por brindarnos algo de sí.

Paso todos los días por allí. El ‘Guille’ nos ha entregado, sin proponérselo, un nuevo personaje de la ciudad. Muchos pensarán que lo que hace no está bien. Creo que estas cosas no deben mirarse desde una óptica muy simple, tan lineal; él sólo sugiere una ayuda por la simpleza de lo que entrega. Es posible que pueda ganarse la vida de otra forma. O quizá no. A determinada edad, con los años, el mercado laboral se va estrechando como una senda cada vez menos cordial, menos amistosa. La discriminación es a veces otro modo de expresarse de una sociedad que no encuentra el instrumento justo de solidaridad o igualdad. Los años, en el caso de la gente humilde, vienen con pocos panes bajo el brazo, suelen ser una condena irremediable a la que hay que enfrentar del mejor modo que se tenga a mano. No existe un parámetro para justificar cuándo un artista callejero merece el apoyo de la gente y cuándo no. No está en juego la calidad sino, simplemente, ese modo especial con el que algunos se expresan y tratan de agradar de algún modo para recibir una retribución. Nadie tiene el deber de dar su ayuda. Así como nadie el derecho a reprochar a quien la da. Las cosas de la conciencia son personales, como al amor y el odio. Este hombrecito menudo ha elegido un modo sencillo de buscarse la vida. Podemos compartirlo o no, pero no ignorar que ha optado por un camino sano fundado en la súplica que no muchos se animan a expresar.

Siga bailando, ‘Guille’, siga cantando fuerte, que una provincia que suele pasar cotidianamente por esa pasarela con sus rumores y problemas, siente un poco de su ternura humilde rozarle la piel; de su obstinación por ganarse el pan honradamente, de su aporte a ese río anónimo andante de risas y pesares que le acompaña en su aventura. Ojalá por mucho tiempo pueda seguir arriesgando la aventura de sernos de algún modo útil. Que los negocios de la Peatonal siempre tengan alguna ventana abierta por donde se cuele la música par abrazarte, ésa tu humilde compañera.