
La celebración del Día del Amigo, el jueves pasado, sirvió para hacer un alto en el convulsionado mundo que nos toca vivir. El renovado encuentro con nuestras amistades, hizo que volvamos a poner foco en los verdaderos valores de nuestra existencia. Porque, al final, sobresale sobre las ruindades, aquello que consideramos es lo importante. La familia, los amigos, la salud, la gracia de estar vivos y la capacidad de no bajar los brazos y tirar siempre para adelante.
Al día siguiente, volvimos a los asuntos, y claro que con otra perspectiva, después del baño de salud que nos pegamos el día 20. Nos pusimos en modo "argentinos, a las cosas" (Ortega y Gasset), y volvimos a reencontrarnos con la desesperanzadora realidad.
Y en verdad, cada cosa que toquemos, entre las mundanales circunstancias que nos rodean, causan desorientación, mucho de "asco", y hasta podemos "ver" las miserias de la condición humana. De lo que es capaz el hombre, o la mujer, que se aviene a "hacer política" con el objetivo, mayoritario, de "hacer plata" o ganar poder, y en menor medida, en mucha menor medida, para servir a la patria y sus semejantes. Hablar de esto, es más bien propio de un "otario", que todavía no tomó nota de la amarga filosofía de Cambalache, "el mundo fue y será una porquería, ya lo sé" (Enrique S. Discépolo).
FMI: vaivenes del acuerdo
Dominan la escena nacional los vaivenes del acuerdo con el Fondo. Ese, para la mayoría, "monstruo" residente en los Estados Unidos, que parece ávido de quedarse con lo nuestro, hacernos pasar hambre y someternos, como en otros tiempos, a la esclavitud.
Los hechos nos dicen que hemos concurrido al Fondo Monetario Internacional (FMI) cada vez que los desastres creados por los funcionarios de turno así lo hicieron necesario. Veintidós veces desde 1956. Entonces hacen fila, a regañadientes, en la cola de los menesterosos, para obtener ese salvataje que les permita enderezar las cuentas. Pero, claro, debe salvar sus ropas para adentro, porque está sujeto, cada tanto, al dios de las urnas, y entonces maldice en público al Fondo, haciéndolo culpable de las desventuras que caen sobre la población. Siempre hay que echarle la culpa a alguien. Lo importante es que "me sigan votando" aun recurriendo a la fábula o a la mentira. Entonces se verá a nuestras delegaciones ir al Fondo, suplicando casi de rodillas, forzando una falsa sonrisa, apretando calurosamente la mano del prestamista, tratando de que acepten nuestras promesas. Y ese "maldito" presta plata, está ya cansado de soportar los incumplimientos de los acuerdos anteriores.
Siempre es más fácil echarle la culpa a otro. Este es un recurso no sólo de los políticos. Pero el que tomó el poder es el que debe responder y, en un estado sublime de conexión con los gobernados, saber explicar dónde estuvo el error, reconocerlos, no creer que el pueblo es un ignorante, que no se va a dar cuenta.
Promesas incumplidas
Hoy, estamos sentados frente a nuestros "verdugos", sin haber cumplido uno solo de los puntos a que nos comprometimos hace unos meses. Como muchas veces en otros gobiernos. No hemos bajado el déficit, seguimos con la brecha cambiaria, no hemos acumulado reservas, no bajamos la emisión monetaria, no hemos liberado la economía, desalentamos la exportación, etc. Y mientras pedimos un "perdón", o una extensión en los plazos, o un anticipo de fondos que nos dé aire, puertas adentro decimos, fabulamos en realidad, que el Fondo nos quiere "ajustar", para que el pueblo pase hambre y sean cada vez más los habitantes que pasen a caminar el calvario de la pobreza. Todos saben por lo bajo, que el Fondo tiene razón, pero no quieren pagar los costos de medidas necesarias, pero impopulares.
Asumir culpas
¿Cuándo habremos de sincerarnos con nosotros mismos? ¿Asumir nuestras culpas, nuestros fracasos? Siempre es más fácil echarle la culpa a otro. Este es un recurso no sólo de los políticos, sino también del ser humano en general. Pero el que tomó las riendas, el que tomó el poder, es el que debe responder y, en un estado sublime de conexión con los gobernados, saber explicar dónde estuvo el error, reconocerlos no creer que el pueblo es un ignorante, que no se va a dar cuenta. El sinceramiento es el punto de partida para todo aquel que pretenda corregir y corregirse. Lo que ocurre es que las más de las veces, los políticos creen que sincerarse frente a la población, es más bien un acto de "sincericidio", o una inocentada, que los va a llevar a perder poder. Y como son "tan vivos", tan sin escrúpulos, ocultan sus torpezas y culpan a terceros sus descalabros. Ese tercero puede ser el Fondo, Macri, los poderes concentrados, la sinarquía internacional, los medios, la guerra, la sequía, el covid, los imperialismos. Y sigue la lista. Siempre hay un culpable a quien achacarle los motivos de sus propios fracasos.
Vuelvo otra vez al inicio. ¿Cuándo volveré a juntarme con mis amigos para "ahogar estas penas que tengo, que me matan y que no se van", como dice el tango "Destellos", y hablar de trabajo genuino, de liberar cepos, terminar con el capitalismo de amigos y promover el capital de riesgo? Entre otras cosas virtuosas. Como la de tomar unos vinitos que, sin pasarnos del control, acrecientan la amistad y nos devuelve a los lugares donde fuimos felices alguna vez.
Por Orlando Navarro
Periodista
