Se ha plasmado dentro del nuevo tratado de libre comercio entre Estados Unidos, México y Canadá (TLCAN o NAFTA), un plexo de normas que son fruto de un claro proteccionismo a favor del partenaire más fuerte de la alianza comercial del hemisferio norte de América, que es EEUU.

Vale la pena evaluar cómo se amalgama esta singular argamasa conceptual diseñada a partir de ingredientes que son disimiles y sustancialmente opuestos, pero que sin embargo, fueron reunidos en un mismo texto a través de un condición normológica difícil de estimar como de coherente.

Es un hecho de que México es el miembro del TLCAN que ha sido más inequitativamente considerado.

Es que la nada minúscula dificultad racional surge porque la lógica principal del nuevo tratado aprobado por México el pasado 19 de junio del corriente, que ahora debe ser aprobado por Canadá y EEUU, estriba en que el sentido de la integración buscado es la libertad de circulación de mercancías, de capitales, aunque no de las personas (en calidad de trabajadores por ejemplo), en razón de la incidencia de otras enormes dificultades que no se registran en el tratado. Pero sobre ese fondo de "libre movimiento de factores”, el tratado consagra en favor de EEUU unas normas que contrarían abiertamente ese sentido de libre circulación económica general. Veamos esas cláusulas proteccionistas a favor de EEUU: * La imposición del arancel del 25% a las importaciones de acero y del 10% al aluminio no se han resuelto con la firma de este acuerdo. * Para lograr evitar esos aranceles, México tendrá que conseguir que el volumen generado de los productores mexicanos que atraviesen la frontera supere el umbral del 75 por ciento. *Las nuevas reglas de origen establecen que entre el 40% y el 45% del contenido de los automóviles debe estar fabricado por empleados que ganan al menos 16 dólares por hora trabajada. * EEUU mantiene la facultad legal de imponer nuevos aranceles bajo el argumento de la emergencia nacional que eventualmente se pueda dictar. El miembro del tratado que más inequitativamente ha sido enmarcado ha resultado ser México. Cuando se escudriña la razón de por qué hasta Manuel López Obrador ha celebrado la aprobación, se encuentra en que el 80% de las exportaciones del país azteca tienen por destino la economía de EEUU. Esta situación de debilidad, sin dudas, ha llevado a que el tratado de libre comercio sea un tratado en lo sustancial un acuerdo a favor mayoritariamente de los intereses de EEUU. Una de las dos industrias principales de México es la automotriz, y ello explica que haya tenido que aceptar una cláusula que le va a costar caro a muchas industrias de ese ramo mantener su producción en suelo mexicano. Esa cláusula es la que obliga a que el 40 o 45 % de lo automóviles en su fabricación deben demostrar tener un componente de mano de obra pagada a un valor base de 16 dólares la hora laborada. Sin dudas que esta cuestión terminará en la práctica siendo zanjada por la ecuación económica-financiera de cada unidad productora, pues, desde los datos generales y externos a cada empresa, es todavía difícil determinar como funcionará esta cláusula. Sin embargo es posible decir algo importante desde la lógica general en que operan las automotrices de EEUU en México. Este modo de operar consiste en que se instalan en México para generar autopartes y luego las exportan a EEUU para armar los vehículos como dispositivo final. La razón de esta geodesia industrial estriba en que buscan reducir cotos con el menor salario industrial mexicano y luego amplificarlo con la venta final en dólares dentro de EEUU, o, algún otro lugar con divisa fuerte del mercado mundial.

Sin dudas que la formación de ganancias con este método de deslocalizar y segmentar el modelo de la pasada fábrica "fordista” viene desde hace mas de cuatro décadas haciendo súper rentable a las firmas de automóviles.

 

Por el Dr. Mario Luna y el Prof. Fabián Núñez