Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?". Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: "El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra". E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: "Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado? Ella le respondió: "Nadie, Señor". "Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante" (Jn 8,1-11).
La página de la adúltera es uno de los pasajes más conmovedores del Nuevo Testamento, por el respeto con que Jesús trata a la mujer sorprendida en ese pecado, y por la suave firmeza con que la envía, perdonada, a una nueva vida.
Con toda probabilidad el texto ha sido añadido al evangelio de Juan por una mano posterior. En efecto, en él se aprecia otro estilo, apartándose de la línea del discurso que está pronunciando Jesús durante la fiesta otoñal de las Chozas (cf. Jn 7-9), con tonalidades de lenguaje muy cercanas a Lucas, el evangelista del perdón, y está ausente en los más importantes códigos antiguos de los evangelios.
Tal vez esa ausencia se deba a una acción de censura, pensando que el texto podía ser mal interpretado y considerado como la legitimación de un peligroso permisivismo o laxismo moral.
El Concilio de Trento definió su canonicidad. No obstante, los orígenes controvertidos, es el texto evangélico más comentado por los Santos Padres latinos. Es uno de los textos más fascinantes del evangelio, que muestra como Jesús dona su Espíritu, que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5): de su costado abierto brotan ríos de agua viva que lava todo pecado e impureza (cf. Zac 13,1). El escrito "Didascalia Apostolorum" ("Enseñanza de los Apóstoles"), obra siria del s. III, presenta este episodio como un modelo del amor delicado de Jesús hacia el pecador, contra quien juzga hipócrita y orgullosamente al prójimo.
En el centro de la escena, se encuentra esta mujer infeliz, humillada, y más aún depreciada por el simple hecho de se ser mujer. La ley (Ex 20,14; Dt 5,18; 22,22; Lev 18,20; 20, 10) contiene un código penal que se aplica a las diversas formas de adulterio. La pena prevista es la muerte de los culpables. Jesús, perdonando a la mujer, hubiera violado el derecho hebreo; condenándola a la pena capital por lapidación, habría violado el derecho romano, al cual le correspondía conminar la pena de muerte.
Jesús la llama "mujer", como lo hace con María (cf. Jn 2,4; 19,26), con la Samaritana (Jn 4,21), y la Magdalena (Jn 20,15). Ese es su verdadero nombre, es decir, el de la esposa que ahora encontró al Esposo. Ha sido, como todos nosotros, adúltera: no había conocido ni amado al Esposo (cf. Ez 16), es decir, aquel que ha mandado; más aún, suplicado, de amarlo con todo el corazón (cf. Dt 6,4). Jesús le pregunta si alguien la ha condenado. La respuesta es negativa. Tan sólo ha quedado uno: ¡el único justo que la justifica! Desaparecidos los enemigos, ha quedado sólo quien la ama con amor eterno (cf. Jer 31,3), en el cual reconoce a su Señor, porque la perdona (cf. Jer 31,34) y la hace salir de la muerte (cf. Ez 37,12). El perdón de Dios es siempre un acto creador: abre a un nuevo futuro, en la libertad para no pecar más y de amar más.
Lo que el Señor quiere inculcar no es que el adulterio no sea pecado. Hay una condena explícita de ello, aunque delicadísima, en las palabras: "No peques más". Lo que quiere rechazar es la actitud de los negadores de perdón, tutores implacables de la moralidad pública, deseosos de hacer brillar el esplendor inmaculado de su superioridad moral. Aquí encuentran actuación práctica, las recomendaciones del Maestro: "Sean misericordiosos" Lc 6,36). Nosotros tal vez no tiramos piedras, pero con cuánta frecuencia arrojamos el veneno de la maledicencia, la crítica despiadada y la calumnia destructiva. Y de esto hay urgencia de convertirse, para poder decir luego como el salmista: "Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría" (Salmo 125,4).
Por el Pbro. Dr. José Manuel Fernández
