Los escribas y los fariseos le trajeron a Jesús una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, le dijeron: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?”. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: ‘El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. Al oír esto, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer y le preguntó: ‘Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?” Ella le respondió: ‘Nadie, Señor” ‘Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante” (Jn 8,1-11)

No sólo la mujer es llevada al banquillo de los acusados. En la intención de los acusadores, los culpables son dos: la mujer adúltera y Jesús. El pecado de la mujer resulta flagrante. La han sorprendido cometiéndolo. Pero el de Cristo parece todavía más peligroso. Se trata de exceso de misericordia. Jesús estaba ejerciendo su función magisterial. De todos modos, el gesto del Maestro, constituirá, desde ahora en adelante, un capítulo fundamental de su doctrina que habrá que traducir en un compromiso concreto. Silencio y palabra configuran las dos caras de la lección. Jesús escribe sobre la tierra. Se entretiene en trazar líneas sobre el polvo para hacer patente su desdén por el debate jurídico que se desearía improvisar. El no ha venido a juzgar. Las discusiones sobre los artículos del código no le interesan. Con su escritura misteriosa en la tierra, Cristo traza las grandes líneas del código de la misericordia, que no puede encerrarse en los artículos de una norma jurídica ni puede ser esculpido sobre la piedra. La misericordia no se escribe sobre materia dura, y tampoco puede fijarse sobre el papel. La misericordia se traza sobre la superficie delicada de un corazón de carne, simbolizada en la materia mullida de la tierra. La vida, según el libro del Génesis, surge de la arcilla, porque ésta es maleable. Dios no sacó al hombre de la piedra. Sólo la tierra es fértil. La piedra es estéril. Y las piedras arrojadas nunca producirán nada bueno. La misericordia es fecunda: crea y recrea. Es como si en esta escena de la adúltera se adivinara al Artífice ocupado en plasmar, como el día primero en que creó a Adán y a Eva, a su criatura predilecta, tras los daños que había provocado el pecado, procurando poner su sello, la imagen y semejanza, como protección contra la granizada de piedras que se avecina amenazadora. Jesús dice: ‘El que de ustedes no tenga pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7). Según una disposición del Deuteronomio (cf. Dt 17,7), los testigos del hecho debían iniciar la ejecución. El Maestro toma a todos de sorpresa al introducir una variante revolucionaria: los primeros no han de ser los que ha visto el delito, los que lo conocen, sino aquellos que pueden decir que se hallan libres de pecado. No basta con descubrir las maldades ajenas. Antes de esto, se debe exhibir el certificado de inocencia. Sólo entonces podrás iniciar la lapidación. Nadie está libre de pecado y de maldades. ‘Se fueron uno tras otro, comenzando por los más ancianos” (Jn 8,9). Aquí se puede glosar el texto, más aún, se debe corregir de la siguiente manera: ‘Comenzando por mí”. He de aprender a ser el primero en alejarme de los lugares en los que se lapida a una persona, sobre todo cuando se halla ausente, que es la lapidación más practicada a la sombra de las iglesias. La piedra que tengo para arrojarla a otros la debo utilizar para golpearme el pecho de manera visible, como signo de arrepentimiento. El Maestro les ha quitado la máscara que les cubría el rostro. Los obliga a mirarse dentro y no ya a la adúltera. Jesús obligó a los jueces a juzgarse a sí mismos. Desembarcan como ‘justos” y ahora regresan con la patente de ‘pecadores”. Hasta ese momento la mujer había experimentado dos tipos de mirada. La mirada del deseo, de la codicia, de la posesión egoísta. La otra mirada había sido la de la condena. En este momento, los ojos de la pecadora se cruzan con la mirada de un hombre que no descubre en ella ni un objeto de placer ni un blanco para las piedras de una sentencia cruel. La mirada de Jesús es creadora: llama a la existencia a una persona. Es también reveladora, porque hace ver al hombre sus verdaderas posibilidades. Finalmente la mujer adúltera desaparece. Aligerada de su pasado, tiene ahora un futuro intacto que debe inventar con el caro precio de la libertad. Jesús no vio en ella una ‘historia de transgresiones”, sino mucho amor. Nos enseña que la persona no es pasado sino futuro. Aprendamos pues a mirar como Jesús. En vez de condenar, la opción vital es perdonar.