Días atrás, un médico amigo compartía por las redes, un texto marcado por el pesimismo y la decepción. El eje del escrito era la existencia del mal en la sociedad actual. Debo decir que me llamó la atención la actitud de hacer suyo tan desesperanzado diagnóstico, más que la realidad descripta en el texto. Me preocupa que personas que enaltecen su trabajo por el espíritu de servicio, los valores éticos y cierto heroísmo por hacer bien las cosas, a pesar del sistema, muestren tal grado de desesperanza. Bien decía el papa Pío XII en una de sus homilías (1943), cuando la Guerra desgarraba a Europa: "No tengo miedo a la acción de los malos, sino al cansancio de los buenos”.

Es cierto que existen momentos en la historia de los pueblos, en los que pareciera no existir más morada que la desilusión y la impotencia. Es el planteo del rumano Virgil Gheorghiu, autor del atroz libro del hombre sin esperanza, "La Hora Veinticinco”. Tal vez sean sus propias experiencias de posguerra y lo vivido en los campos de concentración, lo que hace que su libro constituya la crónica de la indignidad y la desesperanza. Gheorghiu creía que para la humanidad había llegado su hora veinticinco, el tiempo en que todo está irremediablemente perdido. Sólo que el sufrido rumano no supo consultar su reloj, pues aún admitiendo la ignominia de aquella hora, hubiese comprobado que al caer el día, el reloj comienza de nuevo el conteo. Es que la vida avanza indefectiblemente, como saeta lanzada buscando su centro.

He aquí una primera conclusión: por más aciago que nos parezca este momento, la experiencia nos demuestra que el reloj avanza y con ello también la esperanza de cambiar la realidad. De allí el sentido del conocido refrán popular: "Mientras hay vida hay esperanza”.

Por otra parte, el pesimismo no resuelve el problema y lo que es peor, nos deja sin fuerza para dar batalla, arrojándonos a la antesala de la inacción y de la falta de compromiso social. En esto consiste el peligro del cansancio de los buenos. Porque cuando el mal arrecia, es la hora de los espíritus aguerridos, con fortaleza interior, capaces de resistir y acometer. Si nos quedamos anclados en la queja, nuestras fuerzas morales se debilitarán, pues qué sentido tendría la lucha por el bien, la verdad, la justicia y la virtud, si todo ya está inexorablemente perdido.

He aquí un segundo punto: sí queremos cambiar las cosas, hemos de desear el cambio y creer que es posible lograrlo. Para que esta esperanza no quede en meros voluntarismos, enseñaba Santo Tomás (Compendio de Teología, Madrid – Ed. Rialp), es necesario que el objeto de la esperanza sea deseado y posible. Porque sólo esperamos aquello que deseamos y estamos convencidos de que podemos alcanzarlo.

A manera de reflexión final, me pregunto: ¿sí la queja constante y el desánimo no es una manera de evadir nuestra responsabilidad?; ¿sí el cansancio moral de los buenos no es la mejor forma de invisibilizar el mal?; ¿sí a esa obstinada actitud de ver todo negativo, no podemos convertirla en positiva tozudez espiritual, de "perseverar” en el bien?

Más que oportunos los versos de la poeta estadounidense Margaret Sangster (1838-1912), cuando decía: "No es lo que has hecho, sino lo que no has hecho lo que te causa congoja al caer el sol” (del Poema El pecado de omisión).

 

Por Miryan Andújar –  Docente e investigadora Instituto de Bioética – Universidad Católica de Cuyo.