Somos una mezcla de barro que pulir, con un par de alas para volar. Y todo en un solo recipiente que es nuestro "yo”. No me refiero al cuerpo (barro) como estorbo o lastre para el alma (alas). Ese espiritualismo exagerado de Platón que consideraba al cuerpo sepultura del alma, nos hizo perder de vista, durante siglos, el valor de la corporeidad humana. Me refiero a esa mezcla de finito y eternidad que cohabitan y definen al ser humano. 

 

FINITUD Y ETERNIDAD
Efectivamente, como materia, tenemos principio y fin. Pero nuestra alma espiritual es de suyo, inmortal. La mejor prueba de ello es su simplicidad física. El alma no es un compuesto de piezas físicas. ¿Cómo podría aniquilarse o descomponerse en partes, aquello que carece de partes? Sin dejar de lado que la individualidad del alma es presupuesto de la inmortalidad personal. La persona consta de dos constitutivos esenciales: el cuerpo material y el alma espiritual. Esta unión sustancial nos acompaña en todo nuestro trayecto existencial. 

Tal vez eso explique esa sed de infinito que ningún bien material ni la suma de ellos pueda saciar. O por qué aún aquellos que no tienen fe, alberguen la esperanza de una vida después de la muerte. Algunos dirán que es vana ilusión de quienes al final de su vida, se aferran a esa esperanza como tabla de salvación. Pero, así como el ojo ciego extraña la luz que nunca vio, el ser humano, mortal por naturaleza, tiene al mismo tiempo, sueños de eternidad. En ese sentido, Santo Tomás hablaba del deseo que naturalmente tiene cada ser de existir en su modo de ser (Suma Teológica, Ia, q. 75, a. 6). ¿Por qué no habríamos de desear la vida eterna, sí nuestra constitución esencial es corpórea y espiritual, y por ende lleva consigo la impronta de la eternidad? 

 

Del mito a la Metafísica
Todos tenemos, en ese sentido, algo de Cástor y Pólux, los hermanos gemelos de la Constelación de Géminis. Ambos eran hijos de Leda, pero el padre de Cástor era Tindáreo, rey de Esparta, mientras que Zeus, rey de los dioses, era el padre de Pólux. De allí que Pólux era eterno mientras que su hermano era mortal. 

Algo de cierto hay en este mito. Hemos sido creados por Dios. Y la huella de su eternidad está en el alma humana, creada directamente desde la nada. No puede proceder de la evolución mecánica y eterna de la materia. Metafísicamente, es imposible. Nada surge de la nada, tampoco el espíritu, simple por naturaleza, puede surgir de la materia esencialmente compuesta. 

 

ENTRE EL OLIMPO Y LA TIERRA
Cuenta la mitología griega que tal era la devoción mutua de los hermanos que compartieron todas las luchas y aventuras con total entrega del uno hacia el otro. Cuando Cástor fue herido en batalla, su hermano fue en su ayuda. Poco podía hacer Pólux, pues su hermano agonizaba sin esperanza alguna. Con indecible tristeza pide a su padre Zeus por la vida de su hermano en estos términos:

"-Oh padre Zeus, toma mi vida en vez de la de mi hermano. De lo contrario, déjame morir también. Sin él, no conoceré nada sino la pesadumbre por el resto de mis días”. Y Zeus le respondió: "-Tú eres mi hijo, Pólux, y por tanto gozas de vida eterna. Tu hermano nació de simiente mortal, y como todos los humanos está destinado a saborear la muerte. Pero te daré una opción. Puedes venir al Olimpo, como es tu derecho, y morar con Atenea y Ares y los demás dioses. O, si deseas compartir tu inmortalidad con tu hermano, debes pasar la mitad del tiempo bajo la tierra, y la otra mitad en la áurea morada del cielo”. Leal como siempre, Pólux decidió compartir su inmortalidad con su hermano, renunciando a su vida en el Olimpo. Así fue como Zeus devolvió la vida a Cástor.

LO QUE NOS DEJA EL MITO
Los gemelos de la Constelación de Géminis son una metáfora de lo que somos. Parte de nuestro tiempo nos elevamos por encima de nuestras miserias humanas y el resto sucumbimos a ellas. 

La figura retórica de la metáfora da cuenta de esa miscelánea que coexiste en nosotros: capaces de las mayores crueldades y al mismo tiempo de las más nobles acciones. Vicios y virtudes conviviendo, dando cuenta que, finalmente somos humanos. A veces demasiado apegados a los bienes terrenales y otras volando muy alto, buscando saciar esa sed de infinito que llevamos en nuestra alma. 

 

Por Miryan Andújar 
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo