Según la leyenda, un joven y apuesto guaraní, hijo de un valiente cazador de la región, quedó prendado de una bellísima doncella, primogénita del cacique lugareño.

Sometido a las rigurosas exigencias impuestas para aspirar a la mano de la bella, no logró superar la de los reiterados ayunos que aminoraron su cuerpo hasta transformarse en un pequeño pajarillo. Echó a volar hacia el bosque en busca de su amada, en cuyo hombro se posó. Inmediatamente la joven se transformó en una avecilla semejante y ambos emprendieron el vuelo nupcial hacia la margen opuesta del río.

En el lugar, con tierra mojada y pequeñas pajitas, construyeron sobre la rama de un árbol su nido de amor. Allí vivieron y nacieron numerosos hijos. Nació así la gran familia de los horneros, pájaro típicamente americano habitante de Paraguay, Uruguay y especialmente, de Argentina.

Su nido en forma de horno, "tiene alcoba y tiene sala", como poetizó Leopoldo Lugones. Luce gallardamente en postes telefónicos, de alumbrado, ramas de árboles, aleros y otros lugares. Cuando elige compañera, comienza la vida familiar, la hembra pone cinco huevos blancos que incuban por turnos ambos integrantes de la pareja. Los pichones son alimentados con insectos y completado su plumaje salen a volar en compañía de sus progenitores hasta la formación de pareja.

Este animalito es ejemplo de fidelidad conyugal, hembra y macho no se separan jamás. En el reino de los pájaros es el genio arquitectónico. Su nido abovedado, real obra de arte, posee en su interior dos ambientes separados por un prolijo tabique. La puerta de acceso a la casita, orientada hacia el lado contrario del que sopla el viento, está diseñada de manera de impedir la entrada de animales de mayor tamaño al de sus moradores.

El hornero constituye el pájaro más querido, protegido y privilegiado entre sus semejantes. Nadie se atreve a destruir su hermosa morada y todos bregan por su incólume conservación.