Los argentinos estamos conmemorando este año el Bicentenario de la Independencia declarada en Tucumán el 9 de julio, fecha a partir de la cual comienza el difícil y largo camino de construcción de la patria. Conmemoramos también el Centenario de la Democracia iniciado con las primeras elecciones del 2 de abril de 1916 con aplicación de la Ley Sáenz Peña, en las que el pueblo soberano eligió como Presidente de la Nación a Hipólito Yrigoyen, quien asumió el 12 de octubre de ese año. Pero esa democracia habría de tener también un difícil y largo camino caracterizado por las reiteradas interrupciones militares y los golpes destituyentes de conformación cívico-policial más recientes.

Hace 50 años, el 28 de junio de 1966, con la destitución del presidente Arturo Illia se produjo el cuarto golpe militar que sacudió al país en el transcurso de ese siglo. Es el momento de reivindicar ese momento histórico y a sus protagonistas que fueron objeto entonces de un ‘relato” que desde ciertos medios de comunicación y diversos sectores políticos, sociales y militares crearon el estado de opinión proclive para el infausto golpe de Estado que lo derrocó y deformaron los hechos. Podemos pensar que el dr. Arturo Illia fue un hombre del destino o que fue el hacedor de su propio destino al que, con clarividencia, voluntad y total entrega de sí mismo, consagró su vida: cimentar un país mejor para todos los argentinos.

Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, el 4 de agosto de 1900. Comenzó su compromiso político afiliándose a la Unión Cívica Radical al cumplir 18 años. Se graduó de médico en la Universidad de Buenos Aires. Muy joven se entrevistó en 1928 con Hipólito Yrigoyen, quien le aconsejó radicarse en el interior del país. Lo hizo en 1929 en Cruz del Eje, provincia de Córdoba, donde se asentó definitivamente. Allí inició una carrera médica dirigida a los más necesitados con total generosidad y abnegación, por lo que fue llamado el ‘Apóstol de los pobres’.

En 1935 fue electo senador provincial; de 1940 a 1943 fue vicegobernador de Córdoba, acompañando al gobernador Santiago del Castillo; de 1948 a 1952 fue diputado nacional; en 1962 fue electo gobernador, no pudiendo asumir por el golpe de Estado que derrocó al presidente Arturo Frondizi.

El 7 de julio de 1963, después de una campaña electoral con el slogan ‘Illia le da una mano limpia”, triunfó en las elecciones presidenciales con el 25,14% de los votos, en comicios en los que estaba proscripto el peronismo. Después del acto comicial, el Presidente electo afirmó: ‘Estas serán las últimas elecciones con proscripciones”, lo que cumplió en las siguientes votaciones de mediano término, con un triunfo peronista que enervó a los militares.

Ilia gobernó con firmeza y autoridad moral pero sin autoritarismo, tuvo la sabia virtud política de la prudencia y el auténtico coraje para las decisiones riesgosas, que supo adoptar sin vacilaciones. Cimentó su paso por la más alta magistratura una vida entera consagrada a luchar por la vigencia de los principios constitucionales y democráticos. Su administración heredó una ciudadanía que desconfiaba de la capacidad de sus propias instituciones para recuperarse y encontrar soluciones a los conflictos: comicios anulados, abusos del poder público, promesas electorales incumplidas, entre otros elementos negativos, habían evaporado esa fe insoslayable que el pueblo debe tener en su sistema constitucional.

Su gestión de gobierno tuvo firmeza, coherencia y creatividad. Cumpliendo con sus anuncios de campaña, anuló los contratos petroleros firmados por el presidente Frondizi con empresas extranjeras. Una decisión sujeta a la legalidad de los contratos pero que tuvo, no obstante, un alto costo político con la oposición política y con el mundo empresario nacional e internacional.

Un brillante equipo económico llevó adelante una política de crecimiento y desarrollo que sacó al país de la decadencia heredada. Creó el Consejo Nacional de Desarrollo (Conade), institución señera al frente de la cual se desempeñó el ingeniero Roque Carranza, que produjo un plan de desarrollo de mediano plazo y estableció un sistema avanzado de cuentas nacionales.

Su desaparición, ocurrida en vísperas del restablecimiento de las instituciones democráticas en el país, provocó hondo dolor entre los que habían sido sus partidarios de siempre y hasta en aquellos que en su momento aplaudieron su caída’.

Una encuesta de opinión realizada en el 2013 destacó al presidente Illia como el político más honrado del país. Hoy su figura pertenece a todos los argentinos y es el ícono que representa la democracia republicana, la inteligencia serena, la conducta inclaudicable sustentada en principios trascendentes y el gobernante que trazó un proyecto de país que todavía nos convoca a construirlo. En su discurso de investidura, había dicho: ‘Esta es la hora de la gran revolución democrática, la única que el pueblo quiere y espera. Pacífica, sí; pero profunda, ética y vivificante’.