Estamos en un momento en que, como nunca, es imprescindible el refresco de lo saludable.

Los artistas y comunicadores no tienen obligación de ser expertos en política. Pero cuando opinan -salvo algunas excepciones- lo hacen con llamativa frivolidad, que muchas veces desnudan falta de compromiso o ignorancia. Tienen el deber de entender la realidad y la historia de su país y cuando les toca opinar hacerlo con la responsabilidad de alguien que es mirado por mucha gente.

Salvo el gran Tato Bores, que fue un crítico mordaz de la realidad argentina, pero que siempre dejaba en sus sátiras una enseñanza y un mensaje alentador, como también lo fue Quino con su adorable Mafalda, otros, desde una posición privilegiada y de indudable oportunismo, explotan el malestar de mucha gente que sufre determinados problemas y hacen de este señalamiento mordaz un estilo, dicen lo que todos sabemos, pero al modo de revolver heridas. Pocas veces se les escucha un atisbo de solución a lo que reprochan, un aporte a lo malo que detectan; se quedan en la crítica a lo negativo de la sociedad y -ni por asomo- comentan las innumerables virtudes que la sociedad y la buena gente tienen cotidianamente; no acompañan con nada al buen camino. 

Estos intérpretes singulares de la realidad, evidentemente obran así porque tienen una pose soberbia y ante la vida una actitud de pesimismo y -lo que es peor- explotan en su mensaje los malestares sociales, el costado enfermo de la sociedad, lo mórbido, lo desagradable.

El público muchas veces los sufre por TV, que tiene una micro cultura propia, y muchas veces huye de esas pálidas, sabiendo qué le contarán los agoreros con esa menguada habilidad que creen los distingue ante las expectativas sociales que no interpretan. No hay sorpresa en su palabra. 

Nuestro país necesita imperiosamente mensajes positivos, exaltación de los ejemplos y los acontecimientos valiosos. No se puede vivir masticando bronca y, para colmo, alentados en este juego muchas veces inconsciente pero perverso que sustentan exponentes mediáticos, generalmente creíbles, que sólo sirve para exaltar despojos y desnudar una psicología de la desolación, en un momento en que, como nunca, es imprescindible el refresco de lo saludable.

¿Nada sirve en este país, está todo perdido? ¿No vale el esfuerzo, el amor, el compromiso social, la buena gente, que son mayoría? ¿Estamos condenados a una civilización del padecimiento y los esquives? En toda situación, en todo pueblo, en todo partido político, en toda casa hay seres simples y humildes que recorren, acompañan o indican el buen camino y nos reconcilian con ese regalo sublime que es la vida.

Señores de la desesperanza y el quebranto: cámbiense aunque sea por un rato el traje del pesimismo y la mirada nociva y prueben con una postura positiva. 

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.