"El odio es un sentimiento que lleva a la extinción de los valores”, escribió tiempo atrás Ortega y Gasset. Una gran pena invade nuestros corazones por los sucesos recientes, ya de público conocimiento, que vuelve a poner a la Justicia nuevamente en tapete. Muchas cosas se han dicho en los medios de comunicación sobre el caso Nisman y la marcha del 18 F. Y, tanto, que la campaña electoral, junto a la economía y el contexto social, ya casi pasaron a un segundo plano. Pero no son estos hechos a los que quiero referirme en particular, sino tratar de ir más a fondo, con cuestiones que puedan ayudarnos a pensar con profundidad estos sucesos.
¿Es el odio el que provoca la crispación en las personas? ¿O son las personas que discrepan las que odian? Para responder a estas incógnitas nos detendremos en dos puntos claves actualmente: "El Odio y la Justicia”. El primero es una emoción fuerte. Y, por lo tanto, las emociones tales como el odio, la culpa, descalificación y el orgullo, tienen por lo general a un mismo sujeto o cosas con las cuáles alguien se identifica, como la familia o el país. Por lo general, si uno siente odio es porque le han hecho algo, o bien, como consecuencia de una situación personal. Aquí, es uno el que permanece en ese estado como punto de referencia, frente a los demás. Y, muchas veces, cree que éste sentimiento sensible negativo lo justifica de cualquier tipo de acción que haga, sobre los que lo rodean.
No obstante, este sentimiento de venganza, que lo mide con los demás termina siendo una clara muestra de debilidad, miedo, ansiedad, a que las cosas se me den vuelta para fijarlo en otro objeto, a modo de descarga. Y, el odio, con ese sentimiento herido de venganza, es el que lleva a la extinción de los valores, como bien lo sostenía Ortega (de tal forma que algunos justifican como una salida la misma muerte). Esta búsqueda implacable de justicia por el "ego” herido, hace que yo mismo sea el parámetro de verdad, no sintiendo ningún tipo de verdad interpelante externa. Por lo tanto, dañado el "ego”, y alejado de los principios, yo soy el centro de la realidad.
En esta mentalidad, no se piensa en las consecuencias que puedan traer mis acciones, sino en buscar bases sólidas que me justifiquen. Entonces, el rechazo o el desprecio, es lo que termina dominando mi mente. Uno puede odiar a una persona porque la considera malévola, corrupta, mentirosa, traicionera y orgullosa. De hecho, los moralistas que se alimentan en las mismas religiones fundamentalistas, augurando un bien superior, justifican el desprecio a todos aquellos que piensan diferente. Sólo terminan sintiendo bronca frente a toda iniciativa o manifestación que puedan hacer los demás que razonan distinto. En fin, para redondear, el odio muy presente en la historia de nuestro país, siempre enseñó más a cerca de uno mismo, que a cerca de los demás, hacia los cuales siempre se les dio orden de librar una batalla a capa y espada, para reparar algún daño. Y, que cuando se encontraron envueltos por la piadosa retórica moralista, terminaron alimentando la intolerancia, bandos irreconciliables y rigidez mental, lejos de la justicia y los principios éticos. Es que la desesperación enceguece.
El segundo, no es emotivo. La Justicia es el punto medio entre dos extremos opuestos, dando a cada uno lo que es debido. Es más racional, cuando busca el equilibrio y no se detiene en la crispación o revanchismos. Con ella deberíamos encontrar ese límite de verdad al ego herido. Es sobradamente evidente que la justicia humana es falible. Sin embargo, sabiendo aún las posibilidades de error, la gente sigue creyendo en la justicia, que en una Democracia, debe medir con la misma vara.
Pero el problema no está en la justicia, si clarificara algún hecho de gravedad institucional, dando a cada uno lo que es debido. Precisamente, deberíamos hablar de un "pacto político” aún pendiente, que lo deberían realizar todas las fuerzas políticas actuales, priorizando la idea de lograr calidad institucional, a cualquier interés particular. Ello, quizás contribuya a hacer patente la justicia, frente a toda "cultura del odio”, todavía reinante.
En fin, para concluir, nuestro pasado de odio o de justicia incierta, contribuyó siempre a la desconfianza y al miedo de no ver que "si el buzo pensara siempre en el tiburón, nunca alcanzaría las perlas”.
(*) Periodista, filósofo y escritor.
