La Palabra de Dios está dirigida a nuestros oídos creyentes. Esta lectura creyente es transformadora de nuestra vida porque el Espíritu Santo obra en nuestro interior. 

Estamos en este mes de septiembre celebrando con toda la Iglesia el llamado "mes de la Biblia". Se ha elegido para este año 2022 un versículo que brota de la pregunta de un fariseo a Jesús: ¿"Y quién es mi prójimo?" (Lc 10:29) Esta interrogación da pie para que Jesús explique qué se entiende por prójimo a través de la parábola del buen samaritano (Lc 10:25-37). 

A la Biblia la llamamos "Palabra de Dios" porque contiene la Revelación de Dios dada a los hombres. La teología nos enseña que la Revelación de Dios se dio mediante dos modos: la llamada tradición oral y la tradición escrita. Ambos modos son "Palabra de Dios".

La Biblia, tradición escrita, la entendemos dejándonos guiar por aquellas tradiciones orales que están en las bases de cada uno de los libros sagrados. Estos libros fueron gestados en torno a comunidades concretas: el Antiguo Testamento en torno a Israel y el Nuevo Testamento en torno a distintas comunidades según la acción evangelizadora de los distintos ámbitos de predicación de cada uno de los apóstoles. En este sentido podemos entender aquellas palabras de San Agustín que nos dice "la Iglesia me enseñó las Escrituras", es decir, primero existió la Palabra de Dios vivida, celebrada, y luego, un tiempo más tarde, se consignaron los libros sagrados.

 ¿Quién escribió la Sagrada Escritura? 

El autor principal fue el "Espíritu Santo" y los autores secundarios son los escritores humanos llamados "hagiógrafos", que inspirados por el Espíritu de Dios, escribieron aquello que debían escribir. Los Santos Padres de la Iglesia llamaron a estos hombres "plumas del Espíritu Santo", es decir, fueron como bolígrafos actuados por el impulso divino del Espíritu.
La Sagrada Escritura debe ser leída con una gran humildad desde un corazón creyente. Leer la Biblia es ponernos en una humilde actitud de escucha donde leer es obedecer la Voz de Dios.

La Palabra de Dios está dirigida a nuestros oídos creyentes. Esta lectura creyente es transformadora de nuestra vida porque el Espíritu Santo obra en nuestro interior. Aquel Espíritu que inspiró a los autores a escribir actúa en nosotros, aquí y ahora, alumbrando las situaciones concretas de nuestra vida. Poner nuestra mirada en las Sagradas Letras es dejarnos divinizar por Dios. Quien se deja atrapar por la Escritura convierte el corazón.
Que en el torbellino de nuestra vida, en medio de las preocupaciones, de aquellas situaciones imposibles de cambiar, en la angustia o aflicciones, en la enfermedad, creamos en la fuerza salvadora de la Palabra de Dios.

Canon bíblico

La Biblia más que un libro es una biblioteca, está formada por 73 libros: 46 para el Antiguo Testamento y 27 para el Nuevo Testamento. Esta lista de libros inspirados se lo llama técnicamente con el nombre de "canon bíblico". Se escribió en un proceso de mil años desde el 950 a.C, donde comenzaron a redactarse grandes temas del Pentateuco, hasta el 96 aproximadamente después de Cristo, cuando la llamada tradición joánica terminó las ediciones definitivas del evangelio según San Juan, sus cartas y el libro del Apocalipsis. El último libro del Antiguo Testamento en escribirse fue el libro de la Sabiduría, en el 50 a.C y el primero en escribirse del Nuevo Testamento fue la 1° carta de Pablo a la comunidad de Tesalónica en el 50 después de Cristo.

 

Por P. Fabricio Ángel Pons
Párroco de Pocito