La de Cuba fue una visita breve y fecunda. "Voy como misionero de la ternura de Dios", había expresado el Papa antes de partir.
Cuba es una realidad muy particular en América latina. Por un lado se identifica fuertemente con la experiencia cultural e histórica del continente, pero por otra parte, alimenta una identidad peculiar muy ligada a la revolución castrista del año 1959, y al régimen socialista por ella inaugurado y todavía en vigencia. Por tanto, Cuba es parte viva del mundo latinoamericano, y sin embargo, diversa. No se trata de un sistema político-social impuesto con la intervención de la ex Unión Soviética, como ocurrió en el Este europeo. La revolución cubana es autóctona, y llegó a ser un modelo para tantas revoluciones -algunas fallidas- en el continente y otras latitudes. Es el régimen socialista de más larga duración en América latina, todavía en vida después del pase a retiro de su líder, Fidel Castro.
Cuba socialista ha representado un mito e un ideal para no pocos latinoamericanos, sobre todo jóvenes generaciones, pero también un fantasma inquietante para algunos gobiernos.
Ya en 1998 la visitó Juan Pablo II, logrando que el día de Navidad fuese declarado feriado y obteniendo del férreo régimen, incorporar 80 misioneros extranjeros a la isla. Benedicto XVI logró que el viernes santo fuese declarado feriado. Un logro para un pueblo de raíces católicas pero en la práctica impedido de ejercer libremente su fe.
Ahora el viento fresco de Francisco. Se construirán tres iglesias más, con permiso del gobierno.
Una frase clave del Papa en la Plaza de la Revolución, en presencia de varios jefes de estados: "El amor sirve no a las ideas, sino a las personas”. Toda una cifra lo dicho en ese lugar, pues Cuba es mucho más que su tenue geografía y su no abultada demografía.
Se oyó decir que Francisco le dijera al presidente estadounidense Barack Obama, en visita al Vaticano: "Si quiere la simpatía de los latinoamericanos, resuelva los problemas con Cuba”. Así se ha podido llegar al histórico acuerdo del 14 de diciembre de 2014: el anuncio del fin del bloqueo económico que ha durado más de medio siglo.
En los EEUU, el país de la libertad, el orden y el progreso, el viaje no ha podido dar más frutos. Desde el simpático y cordial recibimiento de Obama, hasta los discursos en el Congreso y en la ONU. Narcotráfico, abolición de pena de muerte, economía con sentido humano, acogida al inmigrante, apertura al mundo y simpatía hacia los latinos, han sido ejes claves de sus intervenciones.
Pero en Francisco también hablan los gestos. En Washington almorzó con 200 "homeless", mendigos sin techo, servidos por jóvenes católicos fervorosos. En Filadelfia, lugar del Encuentro de las Familias, aprovechó para visitar la cárcel que aloja a 2800 detenidos y dejar una palabra de paz y esperanza de vida. Y en la homilía de la Misa de clausura, aprovechó para dar una sentencia: "La familia posee carta de ciudadanía porque es de origen divino". Sin familias unidas, poco se puede esperar de la sociedad y del mismo hombre.
Creo personalmente, que estamos viviendo una "primavera" eclesial, pues además de la guía del Espíritu Santo, tenemos un timón único, capaz de ejercer un liderazgo que desde hace tiempo no veíamos: Jorge Bergoglio demuestra su autenticidad humana, su cercanía pastoral y su corazón de Padre y Pastor.

