Ya estamos en tiempo de Adviento. Es momento de preparación para la Navidad. Durante cuatro domingos se encenderá una vela como signo de vigilia esperanzada. También es época de reflexión que trasciende lo religioso y nos hermana en un mismo Espíritu. Para muchos, entre los que me incluyo, la esperanza estará puesta en un acontecimiento único que marcará la historia de la humanidad: Dios se hace hombre. Para otros, aunque el pesebre sólo sea una tradición, también será tiempo de encuentro, de perdón y alegría compartida. 

Estuve en las dos orillas y esa experiencia de vida me enseñó varias cosas, entre ellas: el valor de la libertad propia y ajena y el amor que hermana. 

 

LA LIBERTAD COMO LÍMITE

A simple vista, la frase parece contradictoria. Pero ni filosófica ni vivencialmente lo es. Desde la Filosofía, sabemos que la libertad es una propiedad de la voluntad humana, dotada de la posibilidad de elegir entre opciones. Cuando la inteligencia especifica nuestras opciones, pone un límite a la libertad: entre ésta o aquella opción. Una libertad sin especificación, sería una libertad indefinida. No podríamos elegir. 

Pero me refiero a otro tipo de límites, a un límite moral. Límite que encuentra fundamento en la dignidad de toda persona. Más allá de sus opciones y decisiones, ese otro es una persona tan digna como uno. El ser humano es libre por el solo hecho de ser persona. En ese sentido, la libertad del otro debe operar como un límite para mí. Pero también opera como límite para los grupos sociales, las ideologías y cualquier poder humano que pretenda coartarla.

En materia religiosa, esa libertad se traduce en la facultad de tener o adoptar determinada religión o creencias. Igualmente incluye la facultad de manifestarla en público o privado, individual o colectivamente (art. 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos-1966).

Estar en las dos orillas me enseñó a respetar las convicciones y creencias de cada cual, como así también pedir el mismo respeto por las mías. No es fácil, sobre todo en tiempos marcados por el fanatismo y la intolerancia. Este es un punto en el que debemos insistir: el puente para llegar al otro siempre será el amor y el primer paso, ponerse en los zapatos del otro.

UNIDOS POR EL MISMO LAZO

Como especie de lazo rojo (parafraseando la leyenda japonesa), el amor de Dios nos une y hermana más allá de las diferencias. Tal vez por eso siempre pensé en el amor de Dios como un gran círculo. Representación mental de un amor sin principio ni final, sin antes ni después, ni cambio alguno. No mengua ese amor las negaciones, caídas y errores cometidos. Tampoco hay decepción ni distancias que causen en Dios, desamor y olvido. De allí la idea del lazo eterno. 

No importa en qué orilla estaba, aquel lazo invisible siempre me sostuvo. Aún en mis jóvenes años de rebeldía y ateísmo, nunca me soltó. Mucho menos en momentos de adversidad y de pruebas.

COMO LENGUAJE DE LA FE

Pero aquel círculo no sólo grafica la eternidad de Dios. Representa además la unidad de todo el género humano. Hermanados en el amor, por comunidad de origen y de último fin, avanzamos por la vida, cada cual por su propio camino. 

Es cierto que pasamos mucho tiempo y gastamos demasiada energía concentrados en aquello que nos diferencia. También es cierto que malgastamos mucha tinta escribiendo sobre las grietas que separan. Cuando en realidad es tiempo que deberíamos invertir entendiendo y aceptándonos. 

No hay grietas posibles cuando nos anima el amor al otro. Desde la fe y sin ella, el otro siempre es mi hermano al que debo salir al encuentro. Y mientras más caído y vulnerable más hermano es. 

Tal vez todo ello explique la forma circular de la Corona de Adviento. Como lenguaje de la fe, el círculo es más que una metáfora. Es el signo de un amor incondicional que nos une.

 

Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo