El despilfarro y la corrupción estatal pueden terminar hasta con los más firmes principios democráticos en cualquier lugar y ha pasado en Sudáfrica con el movimiento que lideró Nelson Mandela en su histórica lucha contra el régimen racista del apartheid. El Congreso Nacional Africano (CNA), partido formado por el Premio Nobel de la Paz, perdió días atrás la alcaldía de Johannesburgo, el corazón económico del país, después de 22 años de contundentes victorias.
El durísimo revés electoral consagró al candidato de la Alianza Democrática (AD), partido con base de votantes blancos pero en crecimiento también entre la clase media negra de las ciudades y se consolidó como una amenaza de riesgo frente a las elecciones presidenciales de 2019 para el CNA, que conduce Sudáfrica desde las primeras elecciones libres en 1994. La oposición liberal controlará cuatro grandes municipios: la capital Pretoria, Port Elizabeth, Ciudad del Cabo y Johannesburgo, en tanto el oficialismo sólo alcanzó mayoría en Durban.
El descalabro económico y la corrupción enquistada en el partido de Mandela, hizo surgir a Mmusi Maimane, cabeza de la AD llamado por sus seguidores el ‘Obama de Soweto”, la barriada sudafricana que simbolizó la lucha contra el apartheid. Desde ese empobrecido lugar Maimane ascendió en la escala social y se labró un currículum impresionante: Graduado en psicología, hizo un master en Administración Pública y otro en Teología, habla seis idiomas, trabajó en el sector privado, se hizo pastor evangelista y, desde 2011, sube de dos en dos los escalones del poder sudafricano.
Solo la alternancia en el poder y la transparencia garantizan la democracia.
