La caída de Dilma Rousseff era previsible ante el cúmulo de acusaciones de corrupción que envuelve a su Gobierno y un escaso 10% de popularidad. Si bien se trata de una suspensión temporaria para someterla a juicio político, todo indica que es un alejamiento definitivo de la presidencia de Brasil debido a un Senado adverso y el cúmulo de errores que precipitaron la crisis.
El desgaste de la presidenta tiene una trama de corrupción, descubierta hace dos años en la petrolera estatal, que involucra a decenas de políticos de la coalición que la sustentaba y a poderosos empresarios. Pero, fundamentalmente, a un orgullo desmedido y la sucesión de errores económicos que frenaron a la mayor economía sudamericana y el brillante desempeño como país emergente.
Es difícil de explicar el derrumbe de la primera presidenta brasileña, que en 2011 enarboló la bandera de la transparencia para hacer realidad sus promesas ante el Congreso de terminar con los acuerdos secretos y los sobornos en el corazón de la política brasileña. Es más, esa contundencia se observó con la destitución de siete ministros salpicados por acusaciones de delitos y logró el mayor nivel de aprobación de un presidente desde el retorno de la democracia en Brasil.
Pero cinco años más tarde, y en medio de la peor recesión desde la década de 1930, la situación de Rousseff era insostenible y, en medio de multitudinarias protestas, la suspención y el juicio político fueron inevitables. En el plano internacional se considera también como el fin de una era de la izquierda latinoamericana.
A pesar de los errores cometidos por la mandataria a poco de asumir el segundo mandato, con una reducción del crecimiento del 3,9%, Rousseff no hizo nada para cambiar de rumbo y cayó en recetas populistas. Abandonó gradualmente principios económicos como metas de inflación y presupuestos equilibrados, ignoró los pedidos del empresariado de una reforma laboral, impositiva y previsional ganar competitividad y aumentó el gasto público no obstante los menores ingresos. Se esperanzaba en frenar la escalada inflacionaria congelando el precio de los combustibles y otorgó exenciones impositivas a las compañías de energía para que mantuvieran bajas las tarifas y así calmar el descontento popular.
El presidente interino Michel Temer, a quien Dilma lo acusa de ‘traidor” inicia su gobierno con la promesa de introducir duras reformas para rescatar a Brasil de la crisis e intentar sobrevivir al escándalo de corrupción que precipitó la salida de Dilma Rousseff.