Humor (del latín humor, "humedad”), en sentido estricto, es la capacidad de soportar sosegadamente y estoicamente las adversidades y extraer de ellas componentes optimistas y alegres.
Desde siempre, el humor ha sido un elemento presente en todas las artes, en especial en la literatura. La necesidad de entretenerse de forma humorística se ha manifestado, probablemente, en todas las épocas de la humanidad. Se puede distinguir entre el llamado humor puro o inocente y sus "parientes maliciosos”, como la sátira, la parodia, la ironía o el sarcasmo. En contra de lo que se piensa, la alegría por el mal ajeno y los prejuicios constituyen aspectos importantes del humor (como en el chiste), ya que éste no siempre es inofensivo.
La antigua doctrina de los humores trataba sobre la correcta y, por ello, saludable mezcla de humores (líquidos) corporales. Desde esa doctrina se desarrolló, más tarde, la llamada psicología humoral, cuyo objeto era la prescripción de mezclas precisas de los líquidos corporales para determinados rasgos de carácter o enfermedades. La actual comprensión del término se anunció en la estética filosófica de finales del siglo XIX.
La acepción hoy predominante, aceptada unánimemente, responde a una aptitud para la observación y presentación de los aspectos cómicos de la existencia. Desde la perspectiva del estudio de la personalidad se considera un rasgo de madurez que hace posible que el individuo pueda soportar la siempre previsible discrepancia entre lo ideal y lo real de la existencia, así como responder de forma positiva a la vida y a las personas, y disculpar las cotidianas deficiencias en los demás como en uno mismo: "Humor es cuando alguien se ríe a pesar de todo”. Sin embargo, como coste vital, implica el peligro de perder una distancia crítica frente al mundo y puede ser una forma de conformidad ante las circunstancias inaceptables.
Algunos serios eruditos consideran que el humor en situaciones de crisis y conflicto prolonga la vida.
El humor hace soportable el dolor. A partir de esta premisa es lo que llamamos la buena honda y ella garantiza el equilibrio espiritual.
Es saludable tener una disposición comprensiva, amable, simpática que genera comodidad y seguridad con los aspectos positivos del mundo, de la vida y no tomar demasiado en serio los aspectos negativos.
El cinismo es horroroso y la pedantería es grotesca.
Un sano sentido del humor ayuda a superar las parcialidades nacidas de la propia estructura estimativa; una cultivada flexibilidad mental y una obligada elevación espiritual preservan de la tendencia a imponer la propia estructura intelectual, respetando la modalidad sana de los demás.
Volviendo al humor es preciso reconocer que debemos recurrir a él como sentido de vida para hacerla más grata y divertida. El buen humor en el sentido de alegría interna y externa contribuye a mantener el equilibrio y es comparable con una actitud sencilla, digna y serena.
Hablamos de una actitud inteligente y decorosa porque ella es una cualidad excelsa al igual que la naturalidad que no permite palabras afrentosas y ofensivas.
La suprema naturalidad con la destacada finura del humor, unida a una delicada agilidad mental produce la gracia.
La imparcialidad nos hace más justos porque es la objetividad espiritual completa irradiando luz y calidez para despertar aquella lozanía y frescura que da satisfacción, alegría, regocijo y bienestar que constituyen el ambiente ideal para la calma interior y la simpatía externa. Esa que ven quienes nos miran y se reencuentran con la paz íntima para enfrentar los problemas de la vida, buscando alternativas y soluciones.
