Triste cosa es vivir si el final lo resume sólo una calle, que será por siempre calle Diez para las cartas planas, el rótulo y la humanidad transeúnte. El hombre es otra cosa. Un español de Casafuerte del Albuñol granadino, cruzó el mar para tejer una calle y otras, con su armadura rica de intentos y el cultivo cerebral que bien supo transplantar al suelo argentino que tanto amó. El sol de su existencia fue el surco, el viñedo, su mujer, los hijos y el medio social al que concedió entereza, ideas, disposición y espíritu generoso.

La calle y sus árboles, la acequia y sus piedrecillas, los pajaritos y sus nidos, supieron de su sensible entendimiento en una época de pasos duros y sueños inasibles. La primera bodeguita de tierno vino, el primer anisado de hálito medanero, el curso arisco de ramas y de barro, la evolución forcejeada a la luz sin peros, la claridad y el retoño para todos, el agua surgente manando misteriosa y cierta, los quijotescos molinos aspados y untuosos de tierra negra y rocío de claros amaneceres. Todo por hacer y sólo brazos al tiempo que sembró con pan y jamón, cante cortijero y una risa bien abierta, como comen, cantan y ríen los buenos de corazón. La honra castellana le enseñoreó el lugar, como la condición honró su actitud blanca y solidaria.

No conoció la distancia ideológica ni la unión por interés, distinguió al hombre por sobre todos los colores y sentires, creyó en el mérito del nativo criollo sufrido, noble y guapo, con educación y ejemplo, discutiendo, remozando la subida de vivir. Allí puso resto y esperanza despojado de mezquindades, para hacer siembra al andar. Sin formación educativa, entendió y protegió la escuela con empecinado tesón, sin poseer bienes los sedujo y entrampó con fe preseverable, con madrugadas y condimentos hizo la huella, el horizonte y el bienestar. El credo del trabajo lo escribió de sol a sol y fue su predicador a

toda hora, hasta el sudor último. Ignorante sabio de la ecología fue su fervoroso pionero, sin crédito bancario pueblerino aplicó la mejor autoayuda y prevaleció, ajeno a la asistencia organizada fue mensajero, ingenio y orden en un incipiente revuelo de elevaciones inmigratorias, crudas y trabajosas.

La Escuela Nacional Nº 74, Héctor Conte Grand, y la Escuela Nacional Nº 12, España, supieron de la mano entrañable y diligente, a derecha e izquierda de su alma caritativa y presta. Su calle las comunica a ambas y él las bendice desde su anónimo rinconcito de cielo agricultor. La primera casa antisísmica de San Juan, luego del sismo del 44 que abatió el adobe primigenio en el ciénago medanero, la hizo hacer inamovible, fuerte como la piedra alpujarreña, cerquita de su calle Diez del Pocito, en dos años y sin apoyo oficial alguno, por temor pudoroso al incumplimiento de las formas.

Allí está, solitaria, irrespetada por el vandalismo y la incuria. La calle entristece de grises crepúsculos y abandonos. No la sombrea el sauce, no la requinta el caminero, el regador no humedece su polvillo. Un papel afirma su nombre por derecho al viento, aunque lo dispongan otros hombres y otra época desconocida.

Memoriosos sueñan y recuerdan su palabra mesurada por la calle que nació entre hinojos y numeral será por ignorancia, pero suya en el bolsillo del corazón.

El simbolismo es válido para la memoria leve y quedará, como una marca diminuta y homenaje útil quizás, en el lugar preciso de la existencia.

Don Juan Miguel Peña Rivas durmió un junio eterno por un error avieso e inmisericorde… ‘Y en la casa falta un cuerpo que en la tierra se desborda+…

Este pequeño virtuosismo de vivir, sostiene el sentido de los justos de conciencia y la razón de ser de los hombres intemporales desde la cuna. Duela el recuerdo como única ofrenda a su paso bueno en tanto amonedó el fruto para la sazón, la calle para el tiempo, el aroma para el espacio, la voz para la vida y se guardó, a hurtadillas, el trino de los jilgueros y la alegría de los niños.