Desde el primer vagido, hasta el último aliento, transcurre la vida anímica-física del ser humano. Desde los atisbos del raciocinio hasta la culminación de sus potencias -las que se alcanzaren-, se produce la realización del Hombre -genérico-, encuadrada en un campo vivencial conteste con sus cualidades natas, disposiciones e inclinaciones, aptitudes y actitudes, en el grado de sabiduría al que pueda llegar su capacidad desarrollable.
Cada persona vive la vida "instalada” en su inmenso ámbito interior, que solamente a ella pertenece, y del que dependerá siempre para formarse, en constantes alternativas de su existir con la realidad que la rodea. Ese proceso se patentiza en sentimientos, que son los que manejan la vida humana. De entre la infinidad de estratos y formas que abarca y presenta el sentimiento como estado afectivo del ánimo, sólo hay uno que engrandece la calidad espiritual del ser que lo posee y profesa: ¡El amor! Admirativamente dicho… Esa sensibilidad singular que implícita "debiera” estar presente en toda plasmación humana, revelando con ello el perfecto sentido de su proyección como "imagen y semejanza de Dios”, vida venida de la Vida para enaltecerse y enaltecer, para alcanzar cumbres insospechadas en la sublimación del espíritu.
La Natividad de Cristo marca el más importante hito de amor en la historia del mundo; su solemne acaecimiento -en humildad de hecho y configuración humana, y en excelsitud por origen divino- marca el principio de un tiempo que se precisa en la única Redención que ha tenido la Humanidad en rescate por sus desvíos.
El amor, cuya potestad de darse lo proclama como la mayor virtud del alma, es una ideación genuina con base de firmeza espiritual, de donde nace la grandeza de sus miras. Pasar del sobrehumano amor de Cristo, al solamente humano, significa dejar en medio una zona liminar donde aparece la falencia del Hombre, por lo que toca a naturaleza, calidad, proporción y exteriorización de ese sentimiento.
La apreciación del amor se concreta clara en la esfera subjetiva; cuando el amor "entra” en lo objetivo pierde la pura cualidad de elevación del sentimiento, ya que permite la intrusión del cerebro que lo pueda asimilar y desviar hacia el interés y el cálculo: el mundo materialista, opuesto al ámbito en que reina lo más levantado de la psiquis o alma humana.
Dos preclaras figuras de la literatura española del siglo XX, Julián Marías y Antonio Machado -filósofo y poeta, respectivamente-, opinaron sobre el amor, diciendo el primero que "ha sido un error interpretar al amor como un sentimiento”, si bien más adelante señala que "el amor es una
Pero, entonces, el enamoramiento ¿no es vehículo electivo como expresión inductiva del sentimiento hacia otro ser? Quien "busca” amor se convierte en elector, puesto que búsqueda es actitud de elegir algo, o a alguien, que nos es necesario o imprescindible.
El verdadero amor es secuencial, se concatena en sí mismo, y no tiene solución de continuidad. Presenta cierta unión con Dios, por acercamiento a lo inefable: suspendido el ejercicio de los sentidos, no es el cerebro el que lleva a un éxtasis o arrobamiento, sino la cuantía emocional del amor en deliquio, cuando la presencia humana queda relegada al solo contorno visible de su pequeñez.
En su cariz más elevado, el amor acontece nacido de su complejísima dualidad humana-divina, habiendo de perpetuarse como la presea mayor del Hombre, un Oriente en el perseguimiento de su salvación.
