Los recientes y valiosos artículos del Pbro. Dr. José Manuel Fernández, colaborador habitual de DIARIO DE CUYO, bajo los títulos de "La Sede vacante", "Los candidatos papables" y "Esperando la fumata" explican de manera rigurosa la situación creada con la renuncia del ahora ya Papa emérito Benedicto XVI, la segunda en los más de dos mil años de historia de la Iglesia Católica. Y analiza la tradición vaticana para la elección de nuevo pontífice. Por ello, poco más es posible decir con tanta autoridad como Fernández, autor de "El sistema electivo del Romano Pontífice”, recientemente presentado en todo el país, y que trata esencialmente del origen de la autoridad papal suprema en el ordenamiento canónico actual.

Sin embargo, la observación en este caso es sobre la conmovedora imagen del helicóptero partiendo de Ciudad del Vaticano con el, ya para ese momento, Papa emérito Benedicto XVI. Esos diez minutos de frescas y originalísimas instantáneas sobrevolarán el futuro de la iglesia por los siglos de los siglos. Sobre todo cada vez que haya que hablar de las historias de los sucesores de Pedro y, especialmente, ante las sucesivas elecciones de nuevos obispos de Roma.

Cuando alzó vuelo el helicóptero, los feligreses en la plaza de San Pedro levantaron sus manos y algunos sus pañuelos, para darle el adiós en un silencio mustio solo roto por el rumor del aparato. Las lágrimas brotaron en muchos. En otros, la pena. En algunos una queja, que era más un quejío de amargura, como grafican ese sentimiento de nostalgia los andaluces. Y en los no creyentes, una inevitable extrañeza. Era la tarde del último día del Papa, pero no de su día final. Toda una rareza.

A continuación siguieron los 30 kilómetros entre Roma y Castel Gandolfo (residencia de verano de los papas) tantas veces recorridos por el mismo aparato, pero que esta vez resultaba indiscutiblemente singular. Nunca antes se había visto un viaje inmortal sobre el cristalino cielo-edén de una jornada inverosímil, y con ese destino que, aunque muy conocido, hoy lo percibimos casi intangible y misterioso. Era el alejamiento de un hombre de ese poder mundial que es de todo tiempo y de todo lugar, "que sobrevive aunque todo se derrumbe a su alrededor, y que emerge de las persecuciones más glorioso y más fuerte”, como definía León XIII al papado.

Por eso, el desplazamiento del aparato cumplió algo más que una misión técnica. El mundo ya sabe que subió al cielo desde el patio de San Dámaso, tras abandonar la silla de Pedro y que bajó a la tierra, junto al lago Albano, a 18 kilómetros de Roma. Pero también reconoce que esos 30 kilómetros y los diez minutos recorridos, separaron la historia de la Iglesia Católica en dos ciclos fundamentales de la Cristiandad. El que termino el último día de febrero de un año 13, y el nuevo que comenzará con el próximo pontífice, el número 266, que ocupará la sede del obispo de Roma para los tiempos que vienen.

En este tipo de aeronave las alas reciben el nombre de palas, pero para la ocasión del crucial jueves 28 de febrero de 2013, se nos aparecieron como alerones gigantes, probablemente sobrenaturales. Y quizá fueron creados sólo para este vuelo, lo más parecido a un planeo acrobático, increíble, inconcebible hasta hace muy poco tiempo, y que bien podemos calificar de onírico.

Así, no importa mucho que se dirigiera a Castel Gandolfo, donde por más de 400 años acudieron los papas para aliviarse del alucinante verano de Roma. Tampoco que va a pasar allí dos meses para retirarse luego, y definitivamente, al monasterio Mater Ecclesiae (Madre Iglesia), anteriormente habitado por monjas y rodeado de rosales, fuentes de agua y limoneros. Importa sí, que el Papa no ha muerto, pero que viene otro Papa. Que no hubo funerales, pero si pesadumbre en la despedida. Sólo había sucedido una vez, hace 719 años, con el papa Celestino V, en 1294.

Desde su penúltima morada, cerca de la que será la última, y próxima a la del Príncipe de los Apóstoles; desde el monasterio, Ratzinger enviará sus postreras señales de mortal hacia el mundo. Lejos del légamo cotidiano de la vida y de las trémulas nubes que han invadido al Vaticano en los últimos tiempos. Mientras, los creyentes, como en un milagro de las epístolas, hilvanarán pensamientos que transhuman colinas, en pos de la compresión ante un suceso chocante, por extraordinario, que la Iglesia prevé desde hace siglos, pero que nadie espera.

(*) Periodista.