Todo indica que el objetivo mundial de ‘hambre cero’ todavía es una utopía, a pesar de haberse reducido el déficit alimentario en regiones con índice de pobreza crónica. La meta de las Naciones Unidas apunta ahora al año 2030 como objetivo para controlar este flagelo global, según el último estudio anual conocido como Índice de Hambre en el Mundo, que ubica las zonas críticas.

No obstante que en los países en desarrollo el nivel de hambre ha bajado un 29% desde 2000, todavía hay alrededor de 795 millones de personas que no tienen seguridad alimentaria en el mundo. Tampoco los progresos han sido parejos en todas partes, por lo que el hambre se mantiene prácticamente en todo el planeta y está lejos de ser erradicado como se propuso en diferentes programas asistenciales a nivel internacional. El documento insta a identificar las zonas más críticas y los grupos más afectados, estableciendo diferencias dentro de un mismo país para identificar lugares especialmente afectados.

El Índice de Hambre en el Mundo considera cuatro parámetros que son la proporción de la población que no recibe suficientes calorías, la de niños con un peso menor al que les correspondería por su tamaño, la de niños menores de cinco años con un tamaño menor al normal y la tasa de mortalidad infantil. En 50 países, el nivel de hambre es ‘alarmante” y siete de ellos son subsaharianos y al menos diez son motivo de preocupación y podrían estar en una situación extremadamente alarmante. Ante la ausencia de datos oficiales, se cuentan con informes parciales de ONG, sobre las crisis alimentarias en Burundi, Congo, Comoras, Eritrea, Libia, Papúa-Nueva Guinea, Somalia, Sudán del Sur, Sudán y Siria.

Con respecto a América latina, el informe señala a Guatemala como país con un nivel ‘serio’ por debajo de ‘alarmante’, República Dominicana, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Paraguay alcanzan un índice ‘moderado’, y el resto de las naciones donde se ubica a la Argentina, un ‘bajo’ nivel de escasez de alimentos para cubrir la demanda en los sectores más postergados de la población.

Si se relaciona este estudio con la pobreza e indigencia, es evidente que las diferencias se plantean en países potencialmente ricos como el nuestro y los que sobreviven en medio de luchas o catástrofes naturales.