En este tiempo por momentos parece imponerse lo superficial, creando un marco de referencia frente al cual el joven que busca identificarse a sí mismo, agota su energía y sus aspiraciones en cosas efímeras, aquello de lo que no queda nada, de modo que consume años sin encontrar identificación. Busca pasar o quemar horas ante el vacío de sentido, buscando qué lo pueda distraer y así no pensar, casi no tiene en qué pensar. Entre esas distracciones se vio en la plaza la reunión de lo que se llamó tribus urbanas, un modo de adoptar una identidad aunque fuera externa, simbolizada por formas de vestir, uso de adornos o formas de peinarse. Ahora en San Juan parece haberse dado un paso más, basta la reunión, efímera también, hay un día señalado, el viernes, aun sin la separación en tribus la plaza congrega.

Un nuevo factor de identificación, la plaza congrega a la juventud. Hay cosas curiosas en la historia, en la antigüedad griega, en los comienzos de la filosofía, la plaza era también lugar de reunión, allí enseñó Sócrates la necesidad de hacer examen de conciencia, a más de XX siglos se habla de eso en los cursos de filosofía; buscaba una verdad absoluta negando el relativismo, en el diálogo se examinaban opiniones que podían haber sido asimiladas sin análisis crítico; así se llegaba a un saber conceptual que encontraba lo universal sintetizando la variabilidad que presenta la experiencia sensible.

Por qué ahora se busca la superficialidad, lo intrascendente, puede pensarse en una patología de la época, que en este caso lleva a buscar lo efímero, lo que no compromete, lo que pasa sin dejar nada. El que hablemos de ahora o de patología epocal no significa que esos males se hayan descubierto ahora, tal vez Sócrates haya encontrado algo de eso en la plaza de Atenas. Pero nuestro tiempo tiene un tecnicismo, no siempre bien usado, que instala hábitos y creencias en la mente joven, así esta edad está asociada a la plaza, que puede ser un lugar de reunión, pero hoy con la circunstancia de superficialidad y riesgos de vicios adquiridos sin darse cuenta.

No todo es negativo, el joven puede habituarse a pensar con argumentos consistentes, hoy se enseña a pensar a los niños en la llamada Filosofía para niños, eso también es de esta época, se está introduciendo en las escuelas. Pero hay que plantear objetivos claros en la educación, no puede la escuela estar ajena a lo que le pasa a la juventud, sin respuesta a sus problemas, conteniéndolo unas horas al día, creyendo con eso que cumple su misión, ignorando las influencias que el niño recibe fuera de la escuela.

Prácticas como la permanencia en la plaza pueden promover la aparición del joven como un nuevo sujeto; pero si no tiene orientación puede ser un sujeto de superficialidad, sin futuro, que cree que su edad es para perder tiempo porque sobra; después se descubre que no es así, que hay cosas que no se hicieron, puede ser en el fracaso en el ingreso a la universidad o en el ingreso al mundo laboral. El no pensar en el futuro, incluso temerlo, puede hacer que se instale un estilo de vida basado en la transitoriedad, y con ella en la superficialidad.

La enseñanza de valores es un tema central en la educación, con eso puede lograrse que el joven encuentre en la escuela un espacio de contención, donde pueda aparecer como un nuevo sujeto identificado con un proyecto de vida, que valore el futuro, que crea en la educación, que para eso tiene que ser creíble; que descubra quien es en la posibilidad de educarse. Puede ser que al no considerar el futuro en un proyecto de vida que interprete lo que nosotros somos, se dimensione lo efímero, se eluda asumir compromisos y emprender proyectos que requieran esfuerzo. El espacio compartido en la escuela genera una proximidad donde se desarrolla el compañerismo, se comparten cosas, se realizan trabajos en común; desde ahí puede lograrse solidaridad, compartir intereses y necesidades. Los vínculos son ahora más fáciles por la facilidad en las comunicaciones, pero el clima de superficialidad puede dificultar una verdadera amistad.