Por una parte, la marginación social es tan acusada y está tan extendida, que hasta las piedras con ser piedras, en ocasiones son más blandas que el corazón de las gentes. El valor de la compasión y de la ternura se ha devaluado cantidad, hasta el extremo que resulta muy difícil integrar colectivos, que el propio sistema mundano excluye, y ya no digamos propiciar la equidad de género, o aliviar la pobreza de la multitud de seres indefensos.
Por otra parte, el aluvión de violencias nos desborda, con una gran incidencia en la vida de los desamparados (mujeres, niños, personas mayores), que a menudo sufren más intensamente los efectos de las carencias de medios. A esto hay que añadir, la poca o nula participación, de estas personas desabrigadas, en las responsabilidades y beneficios del desarrollo de la propia especie humana.
También tenemos otra asignatura pendiente, el hecho de la complementariedad de la mujer y del hombre, que no pasa de ser un mero objetivo, a pesar de haber surgido al final del siglo XIX, en el mundo industrializado, el Día Internacional de la Mujer, como lucha en beneficio de la igualdad, la justicia, la paz y el desarrollo. A todos estos desajustes, hay que añadirle la nula política familiar, con remuneraciones del trabajo insuficientes en muchos casos, para fundar y mantener vínculos estables.
La integración social en un mundo global no puede demorarse. Algo evidente. La sociedad, en su conjunto, debería implementar oportunas medidas legislativas y de seguridad social, hacia esos colectivos más vulnerables. Desde luego, son de desear políticas más directas y de cooperación a la vez. Quizás debamos exigir, incluso a los medios de comunicación, establecer y observar normas éticas de conducta para promover la dignidad del ser humano como tal. Ya está bien de imponer ideologías en lo que es algo innato con la especie, como ha de ser el nivel de la decencia por encima del nivel del miedo.
La coacción se ha adueñado de multitud de ciudadanos que no pueden ni respirar. Han dejado de ser ellos, para convertirse en un producto sin alma; o bien de desecho, o bien de interés. Se confunde la humanidad acostumbrándose a digerir los crímenes contra la dignidad humana como algo normal, cuando debiera ser lo más horrendo de los infortunios. No se puede morir arrodillado cada día, uno tiene que poder vivir de pie por si mismo, hacerse valer y ser el mayor valor del orbe. Si la mujer o el hombre no están dispuestos a que se respete su exclusiva existencia, ¿dónde está su grandeza?
Sin duda, el ser humano necesita un cambio; pero, de igual modo, el linaje requiere de otra mentalidad más aperturista a la diversidad. Podemos lograrlo, pero únicamente entre todos. Sin exclusiones. Ciertamente, el mundo necesita la igualdad plena para que la humanidad avance. Ya lo sabemos. Ahora es menester asimilarlo en todas las culturas para universalizarlo. El ejercicio es fundamental, al menos para que todos los seres humanos puedan vivir con plenitud sin tener que arriesgar, o vender, su específica existencia.
Mi apuesta, por tanto, es bien clara. Hemos de retornar al ser humano, más que como ciudadano, que también, como persona dotada de algo más que un estado físico que nos trasciende, ya que todos llevamos consigo una innata capacidad de distinguir el bien del mal, la vulgaridad de la elegancia, los buenos modos de los nefastos modales.
