El aumento de graves hechos delictivos, generalmente con lamentables saldos de muertos, impide hablar ya de una ola de inseguridad en la Argentina. La "ola" es algo intermitente o fugaz, mientras que el fenómeno de la inseguridad en el país muestra algo permanente y en crecimiento.

La gama delictiva abarca desde asaltos, generalmente acompañados por una violencia gratuita e irracional, hasta violaciones, homicidios y secuestros. También centenares de desapariciones de menores de las que da cuenta la ONG Missing Children. El delito, sea cual fuere su naturaleza o modalidad, siempre es infinitamente cruel y perverso, porque no sólo se apodera de los bienes, de la honra o de la vida misma de sus víctimas, sino que, además, en tanto puede hacer gala de descarada impunidad, va tejiendo en torno del conjunto de la sociedad una red de aprensiones y temores hasta lograr desgastarla y tornarla indefensa. Las políticas de seguridad instrumentadas no pueden lograr la disminución efectiva ni sostenida de los hechos delictivos.

Las cifras oficiales de 2007 publicadas en la página web del Ministerio de Justicia, Seguridad y de Derechos Humanos de la Nación, señalan un aumento de robos y de homicidios. Los índices elaborados por la Dirección Nacional de Política Criminal sobre los delitos registrados por la Policía Federal, la Gendarmería Nacional, la Prefectura Naval y las policías provinciales, arrojaron que en 2007 hubo 2071 homicidios, es decir que por día, en el país, asesinan a casi seis personas. Ese es casi el mismo promedio que en 2006, cuando hubo 2052 asesinatos. La diferencia son las 19 familias más que quedaron destruidas en 2007.

Las cifras de 2006 habían sido las últimas publicadas por el gobierno nacional. Las autoridades habían retirado de la página web del Ministerio de Justicia toda estadística referida a la inseguridad. Durante 2007 y 2008 no hubo cifras oficiales. Las fórmulas simplistas, como las que interpretan el delito solamente como un producto de la desigualdad social o como una consecuencia de la laxitud de las leyes, no ayudan a combatirlo en profundidad. Tampoco contribuye la subestimación del fenómeno por razones políticas. Lo que importa es que las autoridades encaren con decisión y realismo esta epidemia que se ha convertido en endemia.

Basta dar un vistazo a la crónica policial diaria para advertir que el paso del tiempo sin un combate decidido contra la delincuencia no ayuda, sino que empeora la situación.