La Iglesia se reúne esta noche para comenzar el Triduo Pascual, corazón del año litúrgico. El evangelista San Juan comienza su relato de hoy con un lenguaje especialmente solemne: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1). En esta noche hacemos memoria de la "hora" de Jesús, hacia la que se orientaba desde el inicio todo su obrar. San Juan describe con dos palabras el contenido de esa hora: "paso" (en griego: metabainein, metabasis) y "amor" (ágape). Estos dos términos se explican mutuamente. Ambos describen juntamente la Pascua de Jesús: cruz y resurrección, crucifixión como elevación, como un "pasar" de este mundo al Padre. Transforma la cruz, en un acto de entrega y de amor hasta el extremo. Con la expresión "hasta el fin", San Juan remite anticipadamente a la última palabra de Jesús en la cruz: "Todo está cumplido". En la "hora" póstuma, Jesús revela el amor extremo de un Dios que se entrega al hombre. Es que la medida del amor es amar sin medida.
"Y habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin" (Jn 13,1). Comenta el dominico, poeta y místico español Fray Luis de Granada (1504-1588), que fue como si el amor de Cristo hubiera estado, hasta entonces, detenido y apresado, y sólo hoy le abrieran las compuertas y le dieran licencia para llegar hasta donde quisiera. Todo era ya posible en esta víspera de morir. En torno a él, doce aldeanos rudos y duros de pensamiento que le miran sin atreverse a creer que están asistiendo a las horas fundamentales en la historia de la humanidad. Quieren estar alegres, ¡porque están celebrando una fiesta!, pero algo estrangula sus corazones. Quieren entender, pero saben muy bien que cuanto está ocurriendo les desborda. La muerte gira sobre sus cabezas. Aquel cordero sacrificado sobre la mesa evoca horas hermosas, pero también terribles. Pero esta noche no sólo rememora cosas pasadas, sino que parece anunciar algo nuevo y asombroso. Dos de los trece reunidos morirán antes de que pasen veinticuatro horas. Y uno de ellos lo sabe. Pero todos perciben que el aire que se aproxima está cargado de violencia. Y las vidas de los otros once van a girar también en las próximas horas, en las que pasarán del amor al espanto, del espanto a la huida, de la huida al asombro luminoso del domingo de resurrección.
Hoy Jesús instituye el sacramento de la Eucaristía. En la Plegaria eucarística I que se reza en este Jueves Santo, dice: "El cual, (Jesucristo), hoy tomó pan". Con ello se subraya la dignidad particular de este día. Ha sido "hoy" cuando Jesús ha hecho los gestos que nosotros luego actualizaremos, a través de los cuales se nos entrega para siempre en el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Nosotros "hoy" entramos en su "presente eterno". Aquel Jueves Santo del Cenáculo, "tomó pan en sus santas y venerables manos, y elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios, su Padre Todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos". La Iglesia orante se fija en las manos y en los ojos del Señor. Son esas manos que han curado a tantos hombres y mujeres; que han bendecido a los niños; que han sido impuestas sobre los hombres; son las manos que mañana quedarán fijas en la Cruz y que llevarán siempre los estigmas como signos de su amor dispuesto a morir para vivir. Ahora, los sacerdotes hemos recibido el encargo de hacer lo que Él ha hecho: tomar en las manos el pan para que sea convertido en su Cuerpo. El día de nuestra Ordenación Sacerdotal, nuestras frágiles manos fueron ungidas, para que fuesen manos de bendición. Pidan al Señor ahora que nuestras manos sirvan cada vez más para llevar la salvación, la bendición, y hagan presente su bondad. Con palabras de Lope de Vega le decimos:
"Cuando en mis manos, Rey eterno os miro, y la cándida víctima levanto, de mi atrevida indignidad me espanto, y la piedad de vuestro pecho admiro. No sean tantas las miserias nuestras, que a quien os tuvo en sus indignas manos, vos le dejéis de las divinas vuestras". Jesús ama como sólo Dios puede hacerlo: hasta el fin. Mientras nosotros acostumbramos a amar hasta medio camino y mientras no exija demasiado sacrificio o renuncia, él ama sin calcular las consecuencias. Lleva su amor hasta lo inimaginable: baja de su gloria divina. Se desprende de sus vestiduras de Dios y se reviste con ropa de esclavo. Este Jueves Santo, Jesús desea lavarnos para que podamos ser admitidos haciéndonos dignos de sentarnos a su banquete. Pero el baño con el que nos lava es su amor purificador dispuesto a afrontar el misterio del dolor y de la muerte, porque sólo el amor tiene la fuerza para purificar y elevar.
Pbro. Dr. José Manuel Fernández
