En aquel tiempo, el Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: ‘La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: ‘¡Que descienda la paz sobre esta casa!”. Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: ‘El Reino de Dios está cerca de ustedes” (Lc 10,1-9).
La imagen del campo listo para la cosecha se une a las profecías apocalípticas (cf. Joel 4,13; Is 27,12). Dios envía a sus ángeles para recoger a Israel o a los pueblos, como fruto maduro. La mies son las naciones a las que hay que llevar el evangelio: son innumerables, mientras que los evangelizadores nunca son suficientes. El Señor designó a otros setenta y dos y los envió. El número de los discípulos en algunos manuscritos es 72, y en otros 70. Se trata de una cifra simbólica. En Gen 10, son 70, (72 en la Biblia en griego) los descendientes de Noé, es decir, aquellos que volvieron a poblar la tierra luego del diluvio universal. El número 70 aparece a su vez en Núm 11,24-30, cuando el Señor infundió su espíritu profético sobre 70 ancianos elegidos por Moisés. Pero ese espíritu desciende también sobre otros dos que se habían quedado en el campamento; por tanto son 72. ‘Los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir”. Deben ir así porque ‘dos” testifican a Tres, es decir, a Dios: tres personas distintas y un solo Dios. Dos es el principio de la comunidad: ‘Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt 18,20). La misión no puede ser ejercida por uno solo, ya que la evangelización consiste en enseñar, ante todo, el amor fraterno. Es la fraternidad lo que revela que Dios es Padre: ‘En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn 13,35). Al crear el mundo, Dios vio que era ‘bello”, pero al crear al hombre, vio que era ‘muy bello”. Luego dijo que ‘no era bello” que el hombre estuviera solo, porque el ser humano es relación y comunión. El Señor dice: ‘Vayan”. El mandato es ‘salir”.
Es lo que indica el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica ‘EvangeliiGaudium”, n. 49: ‘Prefiero una Iglesia accidentada, herida y sucia por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”. Luego Jesús recuerda inmediatamente a sus enviados que el camino de ellos está lleno de peligros. Basta pensar que hoy el 24 % de los países tienen restricciones a las actividades religiosas. Como la lista incluye a algunos de los países más poblados del mundo, la falta de libertad religiosa afecta al 74 % del total de habitantes del planeta. Los lobos a los que se refiere el evangelio de hoy son las naciones paganas, hostiles a la fe, y en ciertos casos, violentos respecto a la difusión del evangelio. Frente a ellos, los misioneros deben comportarse como ovejas. Esto es un llamado a la no violencia, porque el estilo del evangelizador es el de ser mensajero de paz.
La palabra a anunciar no necesita ser impuesta con violencia, sino propuesta con mansedumbre. Luego el Maestro da indicaciones a seguir: no deben llevar dinero, ni alforja, ni calzado. Se refiere a un servicio humilde y desinteresado. Podrá parecer extraña la prohibición de detenerse para saludar en el camino, pero expresa que el anuncio de la Buena Nueva no admite dilación ni distracciones. Al ingresar en una casa deben desear la paz. Ésta es importante en el evangelio de Lucas, y es un don. Es la plenitud de vida. También la casa adquiere un valor simbólica para Lucas. Es por excelencia el lugar del encuentro y donde se lo puede recibir a Jesús, pero es necesario abrirle la puerta. Otra exhortación es: ‘En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan: curen a sus enfermos y digan a la gente: El Reino de Dios está cerca de ustedes” (Lc 10,8-9). De la casa se pasa a la ciudad. Jesús exhorta a entrar en comunión con todos sin hacer distinción de personas. Esta es la esencia de una Iglesia ‘en salida”, no con ‘más fuerza” para vencer al mal, sino con ‘más bondad” para demostrar que el mal nunca tiene la última palabra.

