La situación en Honduras repercute en la opinión pública mundial por la sucesión de hechos que castigan a la nación centroamericana en el plano político y económico, con graves impactos sociales. Los centenares de muertos y heridos en el incendio de un hacinado establecimiento penitenciario, es la última tragedia.

Honduras ostenta dos tristes liderazgos: el del país más pobre de América, en dura competencia con Haití y Bolivia, y el de mayor índice de criminalidad a nivel mundial. En este rubro apenas tiene rivales, unos 86 asesinatos por cada cien mil habitantes, frente a los 71 de El Salvador y los 67 de Venezuela. La miseria, teniendo en cuenta que el 51% de los hondureños vive con menos de 2 dólares al día, y el desempleo, con un 44%, hacen mella en una población de 7.600.000 ciudadanos, la mitad de los cuales no tienen aún 19 años; e inagotable bolsa de emigrantes a Estados Unidos y generadora de pandillas juveniles, conocidas como "las maras".

Además, hay que añadir el estigma del narcotráfico, infiltrado de tal modo en las instituciones, que el 80% de las denuncias no son investigadas, y aún no ha sido posible encontrar un candidato dispuesto a asumir la Dirección de Lucha contra el Narcotráfico desde que su último responsable, el general Arístides González, fue asesinado en diciembre de 2009.

Tras una breve experiencia democrática, el país estuvo bajo el poder militar y la tutela de la CIA hasta la década del 80, con el acoso de las guerrillas. Se suman los desastres naturales, como el huracán "Mitch", que mató a unas cinco mil personas en 1998. En los últimos años, el país ha recuperado cierta normalidad interna y externa tras el golpe institucional que desalojó en 2009 del poder a Manuel Zelaya, quien pretendía vulnerar la Constitución, y la victoria electoral de Porfirio Lobo.

Ahora Honduras es noticia como consecuencia del incendio que se produjo en una cárcel de la localidad de Comayagua, con el triste balance de 357 muertos por asfixia. Es el tercer siniestro registrado en los centros penales hondureños, con el agravante que la granja penal de Comayagua era considerada como la cárcel de mayor nivel de seguridad del país. La peor tragedia en la historia de los centros penales de Honduras, lamentablemente, es una muestra más de las condiciones inhumanas de hacinamiento e inseguridad en las que vive la población penal de ese país. Específicamente en el Centro Penal de Comayagua, una cárcel construida para albergar 250 reclusos, la población penal ascendía a 852 privados de libertad en el momento de la catástrofe.