Desde allí, el corazón aguaita con ojos desorbitados; el pecho no lo puede, está demasiado cargado este sitio y demasiada responsabilidad lo legitima. La primera vez que subimos a esa planicie de ensueños, éramos niños que no imaginaban que años después ese sitio les sería familiar. Quizá la inocencia de la niñez nos hizo liviana esa faena; sin embargo, ocurrió lo inesperado: el piso cedió en plena actuación, y desaparecimos de escena con guitarristas y todo.
Uno sube allí y se carga una mochila rebosante de vida. Allí se pone todo en riesgo. El breve camino que va hasta la primera estrofa de la primera canción, es similar al comienzo de un examen o el primer alegato oral ante la Justicia. El pecho golpea a mil, la ansiedad empuja hasta que pronunciamos las primeras estrofas; y comienza uno de los diálogos más bellos que una persona puede tener con sus semejantes; uno lo sabe, pero también presiente que el encuentro puede no estar a la altura de nuestras esperanzas, y eso se agolpa en las venas, donde pueden caber tres o cuatro segundos cruciales.
Una vez, en plena actuación, por razones que desconocemos, se subió un borrachito y se puso a llorar abrazado a uno de nosotros. En otra ocasión, actuando en Chile, una persona cercana al escenario nos miraba fijo y casi desafiante. Al terminar, dijo: "¿No saben que acá no se puede decir la palabra "compañero" Eran tiempos de la dictadura chilena, y ésa para nosotros inocente palabra de una canción de Buenaventura Luna, supimos que era allí emblema de la resistencia.
Son innumerables las veces que el artista se olvida o equivoca una letra, pero muy escasas las oportunidades en que el público lo advierte. Uno de los deberes sagrados del cantante es ocultar los yerros para no romper el hechizo de la comunicación.
Son los aplausos la sangre vital que el intérprete necesita para sobrevivir al espasmo del alma. El artista se nutre de ellos, no porque alimenten su vanidad, sino porque entonces confirma que ha logrado entrar en el corazón de la gente que está ahí para algo sublime: ser agasajada por una canción, compartir el espejismo que el artista ha instalado ante su corazón, para que el silencio estalle como triunfal golondrina de luz, para que la vida que ha trepado a nutrirse de melodías se justifique en esos simples instantes de gloria, para que se liberen batallones de jilgueros, para que desde este costado del mundo donde uno arriesga tantas vidas y antorchas, haya gente que lo reconozca con ese beso sublime que estalla y que agita con sus manos en cruz.
