Con gran alegría, hoy compartimos el gozo de la Iglesia por la canonización, esta mañana en Roma, de Louis y Zelie Martin, los padres de Santa Teresita del Niño Jesús. Fueron beatificados el 19 de octubre de 2008 por el entonces Papa Benedicto XVI y su canonización es la primera en la historia en que un matrimonio es declarado "santo”. Su camino a los altares ha superado en el tiempo a los cónyuges Luigi y Maria Beltrame Quattrochi, beatificados también simultáneamente en octubre del año 2001.

Casados en 1858, Louis y Zelie tuvieron nueve niños, de los cuales cuatro murieron en la infancia y cinco siguieron la vida religiosa. Pedimos a ellos, ejemplo de esposos y padres, por nuestras familias, para que sean ellas como escuelas de arte, donde la pintura y el pincel del amor familiar, iluminen y transfiguren nuestros hogares. Hoy también celebramos el Día de la Madre.

Es verdad que la mujer, en los viejos relatos bíblicos, pareciera que, antes que madre, es el complemento del varón, su costado, su mitad. Aquella que, junto a éste, forman la realidad total de la naturaleza humana: "al hombre creó Dios, varón y mujer lo creó”. Y sin embargo, su condición de madre, tenga o no tenga hijos, desarrolle como desarrolle esa su maternidad, es como esencial a su personalidad de mujer. Tal es así que su primer nombre, según el viejo mito de Génesis, fue "Eva” , la "madre de los vivientes”, según interpreta el autor bíblico, a partir de un verbo hebreo que está emparentado con el nombre de Dios, "Yahvé”, que significa precisamente "el que respira’, "el que vive”, "el que da la vida”.

Dicen los filólogos que Eva es probablemente un antiguo nombre semita de "diosa madre”, desdivinizado por la Biblia. En todo caso, en la misma Sagrada Escritura, a Eva se le regala el don más grande, propio de Dios, cuyo objetivo al crear es "dar la vida”. La mujer, Eva, madre de los vivientes, participa, en el nombre que la define, de ese divino poder. Dar la vida. En todo caso el nombre de madre, también en nuestros idiomas occidentales de cuño indoeuropeo, va más allá de su simple significado genético. El vocablo madre se emparienta con la "mater” latina, la "mother” inglesa o "mutter” germánica, la "matar” sánscrita, la "metér” griega, la "matti” eslava.

Todos nombres derivados de una raíz común "ma”, probablemente una onomatopeya infantil, pero que, antes que designar a la mujer progenitora y adquirir desinencia femenina, sirvió para designar a "lo divino original”, a "lo creador”. De allí también surgió el término "materia”, de lo cual todo se hace; y "madera”, de la cual todo se hacía, al igual que "matriz”. Como si el ser mujer fuera la entraña de lo cual todo sale y en lo cual todo se cobija. Distinto a lo paterno que engendra, enseña y protege desde fuera. No a la manera de lo materno, ser que abriga, acuna y abraza; sino del sol que, siempre de lejos, fecunda e ilumina, como decían los antiguos. Se puede ser varón, a lo mejor, sin ser padre, sin ser progenitor. No se puede ser mujer, aunque no se tenga hijos, sin tener corazón de madre.

Hoy se nos quiere hablar de "géneros”. Desde el marxismo a antropólogas como Margaret Mead, pasando incluso por teólogas feministas, se nos quiere convencer de que las diferencias de "roles” entre varones y mujeres son solo pautas impuestas por la cultura, por el sexismo androcéntrico, por convenciones patriarcales. Falacias, que puede desmentir cualquier fisiólogo, o ciencia psicológica que tenga la más mínima seriedad. Nadie negará la fuerza de las costumbres, de la explotación que la ignorancia de los hombres ha hecho de las mujeres a favor de los varones, de la posición subordinada que les han impuesto e imponen ciertas civilizaciones o falsas religiones inhumanas.

Pero ninguna ideología podrá jamás poner en cuestión la identificación básica de lo femenino con lo materno. Ni que si lo materno, en la mujer, de algún modo no se desarrolla, su personalidad queda frustrada. Aún las que jamás tendrán marido o, teniéndolo, no logran concebir hijos, no dejarán en cualquier área que ocupen en la sociedad o en la Iglesia, de realizarse fecundamente como mujeres madres, dadoras de vida, de ternura y de cobijo. La Madre Teresa de Calcuta: he ahí uno de los tantísimos ejemplos de mujeres madres vírgenes y de multitud de hijos que no salieron de su seno.

Cuenta la leyenda que un angelito estaba en el cielo, cuando Dios, lo llamó y le encomendó una misión, con dulce voz le dijo, tendrás que ir a la tierra y nacer como los humanos, serás un pequeño niño y crecerás hasta llegar a ser un hombre. Espantado el angelito, preguntó, pero Señor, ¿cómo haré para vivir tan pequeño e indefenso, quien me cuidará?

– Entre muchos ángeles escogí uno para ti que te está esperando y te cuidará.

– Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso me basta para ser feliz…

– No te preocupes, tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tú sentirás su amor y serás feliz.

¿Cómo entenderé lo que la gente habla si no conozco el idioma de los hombres?

– Tu ángel te dirá las palabras más dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.

– ¿Y qué haré cuando quiera hablar contigo?

– Tu ángel juntará tus manitas y te enseñará a orar y podrás hablarme…

– He oído que en la tierra hay hombres malos, ¿quién me defenderá?

– Tu ángel te defenderá a costa de su propia vida.

– Pero estaré triste ya que no te veré más.

– Tu ángel te hablará siempre de mí y te enseñará el camino para que regreses a mi presencia, aunque yo siempre estaré a tu lado durante todo el tiempo que estés entre los hombres. El angelito ya empieza a escuchar las voces que venían de la Tierra y atemorizado y con lágrimas en los ojos, dijo…Dios mío, dime por lo menos el nombre de ese ángel que me cuidará. "Su nombre no importa tú, le llamarás mamá.”