El Parlamento español aprobó la nueva ley sobre el aborto, que permitirá a cualquier mujer poder abortar en las primeras 14 semanas de gestación y a las menores de edad poder interrumpir su embarazo al menos con el consentimiento de uno de los padres.
La presentación del "Informe sobre el aborto en Europa", elaborado por el Instituto para las políticas familiares, más que asemejarse a una rigurosa información estadística sobre la población del continente europeo se parece a un boletín de guerra. Durante 2008, en Europa se ha consumado la muerte de 2.863.649 niños no nacidos: 1 cada 11 segundos, 327 cada hora y 7.468 por día. Sólo en los últimos 15 años, en la Unión Europea, la cifra asciende a 20 millones de niños que no vieron la luz. De este modo, el aborto ha perdido la imagen de una práctica excepcional y dolorosa, cumplida por motivos graves de salud de la madre o del pequeño, para pasar a ser, en pocos decenios, un método de control de la natalidad, considerada en el ámbito de la sociedad y en el sentir común, como una práctica normal.
Así entonces se ha permitido que la conciencia colectiva ya no lo considere como un delito contra la vida, sino más bien, como un derecho que tiene la mujer a vivir la propia sexualidad al margen de cualquier norma del orden moral natural. La sucesiva evolución lingüística, puesta de manifiesto ya en la Conferencia de El Cairo, sobre "Población y desarrollo", celebrada en septiembre de 1994, ha calificado al aborto con un nuevo término: "derecho a la salud reproductiva", abriéndole así las puertas en las legislaciones nacionales e internacionales, convencidas de que en pleno clima intercultural se debe favorecer la convivencia de un sano pluralismo ético.
Sin embargo, no se advierte la abismal diferencia que separa la simple aceptación de ideas y de comportamientos diversos con la admisión devastadora que compromete el derecho a existir de otras personas. No se trata de manifestar opiniones culturales privadas de incidencias sociales, o de elecciones éticas que abarcan la singularidad de la conciencia personal, sino de opciones que incluyan a otros, como el caso de los niños a los que no se les permite nacer.
Hoy se hace necesaria una revolución cultural apoyada por decisiones políticas que garanticen la vida de la madre y del niño por nacer. A la cultura del individualismo hay que oponer una cultura a favor de la vida y para todos sin excepción.
