El pasado 31 de enero se cumplió un aniversario más de la muerte de San Juan Bosco, ocurrida en 1888. Había nacido en Ibechi, vereda del pueblo llamado Castelnuovo, en Italia (capital Roma), el 16 de agosto de 1815 y los 47 años de su sacerdocio los empleó en transformar jóvenes difíciles como fieras, en buenos cristianos como mansos corderos. No podemos olvidar alguno de sus mensajes: "’Los jóvenes son los preferidos de Dios y de la Virgen María”. "’Al final de la vida se recoge el fruto de las buenas obras”.

Hoy los religiosos y religiosas fundados por San Juan Bosco tienen más de dos mil colegios en más de cien países y educan millones de jóvenes, especialmente de las clases pobres y abandonadas.

Don Bosco murió exactamente el 31 de enero de 1888, a las 4.30 de la madrugada. Los salesianos rodeaban el lecho de su fundador y todos cayeron de rodillas. Don Bosco había muerto. Tenía 72 años, 5 meses y 15 días.

La noticia apareció en todos los periódicos importantes del mundo. Los diarios de Turín tuvieron que hacer tres y más ediciones en ese día. Más de 40.000 personas desfilaron para darle su último adiós.

El cadáver revestido de los ornamentos para celebrar misa fue colocado sentado en un sillón. Allí mismo aquel día se obraron varias curaciones milagrosas.

El entierro fue el 3 de febrero. Acompañaron más de cien mil personas, la humilde carroza que llevaba a su última morada al amigo de los pobres y de los niños. Cerca de 20.000 fieles escoltaron la carroza fúnebre en su largo recorrido. Desde los más ricos señores de la capital hasta los más pobre lustrabotas de los barrios alejados quisieron acompañarlo.

Sus restos fueron depositados en las afueras de la ciudad, en un colegio salesiano llamado "’Velsálice”, y allí permaneció hasta que el Papa Pío XI lo declaró Santo. Desde entonces reposa en la Basílica de Turín.