¿Es posible una República sin ciudadanos que libremente transfieran su soberanía a través del voto? ¿Es factible una Política sin políticos que, públicamente debatan sus ideas? Ambas preguntas se implican y la respuesta para ambas es la misma: no es posible. Sería contradictorio afirmar la libertad de elegir en el ciudadano, cuando se desconocen las propuestas de quienes se postulan para ser elegidos. Si no ponemos contenido a las opciones no hay libertad posible, porque su objeto queda indeterminado.
Esto nos deja en la antesala de un tercer interrogante. ¿Quién es quién en el binomio Política-República? Desde nuestra mirada, entendemos que la República es la meta y la Política el camino. Por ello podemos evaluar la Política desde el prisma de la República. Y esto no es una afirmación voluntarista.
"El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes". (Art. 22 de la Constitución Nacional).
Ya en los albores de nuestra historia, el país acordó en la Constitución Nacional (contrato social fundante) que institucionalmente, se asumía como República. No fue empresa fácil para los constituyentes de 1853. Corrió mucha sangre nativa y extranjera, humana al fin, para llegar a esos consensos fundacionales. Desde allí entendemos que la República nos interpela a no ser complacientes con nuestra realidad política. El ciudadano está llamado a ser "centinela" del republicanismo.
Ahora bien, ¿qué criterios permiten medir la calidad institucional de la Política? Desde ya, existen diversos parámetros que surgen de las mismas características de la República: su presencia en mayor o menor grado serían indicadores válidos. Decidimos, sin embargo, optar por la propuesta de Andrés Rosler. Este politólogo y ensayista ve en la consolidación del debate público no sólo una nota de la República, sino fundamentalmente, un instrumento privilegiado de la Política. Sin debate de ideas, la Política se debilita e impacta en la calidad institucional de la República.
Ahora bien, para debatir se requiere algo más que respuestas y coaching para empoderar a un candidato. El éxito de los debates reside en la capacidad personal de superar la tentación al discurso homogéneo, la intolerancia al disenso, los egocentrismo de los intereses partidistas y la miopía política de regodearse con logros ya alcanzados. Caso contrario, corremos el riesgo de que los debates se conviertan en mero ropaje republicano.
Ello nos lleva a la necesidad de plantearnos como sociedad un nuevo estilo de liderazgo. Líderes éticos con mayor vocación de servicio, apertura al diálogo, coherencia personal y total apego a la ley. Dirigentes que dejen de mirar por el retrovisor y pongan la mirada en el horizonte. Líderes proactivos con menos virulencia en las palabras y más claridad en las propuestas.
Ciertamente hay un largo camino que recorrer. Aún no asumimos totalmente que la idea de República va unida al sistema representativo de gobierno. Pero esa representación no es un cheque en blanco que el ciudadano otorga a los políticos. La ciudadanía tiene derecho a conocer ideas y propuestas de candidatos que, en el caso de elecciones parlamentarias, habrán de traducirse en leyes.
Dicho esto, arrimo una conclusión personal: la Política actual está en deuda con la República. Es difícil crecer en ciudadanía sino ejercitamos el arte de dialogar, debatir y consensuar. Es cierto que la República avanza por un camino de luces y sombras, pero no nos asiste el derecho a conformarnos.
