¿Cómo hablar de educación? El comenzar a plasmar una idea a partir de la rutina de mi sesgo docente, me lleva a plantear un interrogante y así ponemos en funcionamiento la maquinaria con la cual necesita nuestra mente para comenzar a funcionar y traer hechos, anécdotas o episodios que el recuerdo rescata desde lo más profundo de nuestra memoria.
¿Cómo hablar de la educación que tuvo esa persona de 70, 80 o más años?
Si somos educados desde el instante que llegamos al mundo exterior de la vida, y hasta el último segundo en que la dejamos con un anhelo, un pedido, un deseo o simplemente con esas palabras pronunciadas con el último aliento; entonces podemos imaginar esa enorme biblioteca que nuestro cerebro posee con extensos pasajes de conocimientos adquiridos por el estudio, el devenir de la existencia como ser único, las experiencias, las enseñanzas de nuestros ancestros, de nuestro entorno y porqué no de esas personas jovencitas que también nos enseñan cosas de las etapas de sus vidas. Ellos, esos niños, que muchas veces nos tiran de los fundillos de nuestros pantalones, nos damos vuelta para escuchar sus necesidades y oír nuestra voz interior que nos dice: "Hay que educarlos!!!…hay que enseñarles!!!” .
Entonces sí podemos hablar de historias escritas en las páginas de la Enciclopedia Universal de la Educación; como es el caso de aquella anciana alumna que tuve el último año de su secundaria, que con sus 64 años, doña Berta Jalom, curso el 6º año para culminar una educación que dejó inconclusa en su vida para hacerse cargo de sus hijos, esposo y familia. Viéndola a ella sentada en su banco, rodeada de sus compañeras y compañeros que podrían ser sus nietos; con devoción espartana cumplía todos sus deberes y obligaciones de alumna y a quien recurría esos jóvenes porque ella tenía sus cuadernos completos, sus apuntes con destacable prolijidad, prácticos terminados y que a veces se enojaba porque no le devolvían a tiempo lo que les había prestado.
Todos los días era llevada por su anciano esposo con la lentitud de quien carga un cuerpo enfermo pero con la ejemplar firmeza que sabía que cada día debía estar en su banco para recibir su cuota de educación diaria que espera cada amanecer de su ya agotada vida.
Aún hoy me veo parado frente a ella para entender la inconmensurable decisión del Altísimo de ponerme en esa situación, de tener que enseñar a una anciana que con su sola presencia me estaba enseñando a mí la trascendencia de la educación.
En las crónicas del tiempo, nuestro país ha dado muestras acabadas que en muchos rincones de su territorio hay personas que hacen culto a la educación. Esa educación que quieren recibir más allá de las limitaciones económicas, de distancias geográficas, o de edad para retomar aquellos estudios abandonados por cientos de razones que impidieron su terminalidad.
Recibirse de abogado, médico, ingeniero, enfermero o profesor o cualquier otra profesión, a edad avanzada, es un ejemplo y una lección de vida que recibimos de esas personas que con tesón y voluntad nos enseñan que el ser humano todo lo puede.
Es un ejemplo porque nos están mostrando que cualquier individuo puede superarse en la vida, solo basta proponérselo.
Es una lección de vida ya que la naturaleza de un obstáculo no es un impedimento para alcanzar los objetivos que nos planteamos cuando decidimos superarnos, crear un futuro digno, recrear expectativas nuevas o plantearnos desafíos que enriquezcan nuestro ser.
Nada escapa a la Historia, y mucho menos a la Educación. Hoy, a comienzos del siglo XXI, estamos en condiciones de afirmar y sostener que el grado educativo en la formación de quienes transitamos por sus caminos, senderos y huellas no hemos ido creciendo como el devenir de los tiempos nos impone.
Remontémonos dentro de ese espacio temporal de nuestros 200 años de vida como país que brindó compatriotas de gran estirpe ciudadana que forjaron a la patria como nación y a esta como república, cuyas fronteras albergaron hombres y mujeres de distintas razas, credos y culturas para hacer de este suelo un hogar de digno futuro para sus hijos.
Ahí, en algún punto surgió el primer estadista que le dio status de "Cuestión de Estado” a la Educación; y fue ese comprovinciano llamado Domingo F. Sarmiento el que bregó incansablemente por los tres pilares básicos fundamentales de una educación; el conocimiento, la autoridad y el respeto.
De ese progresismo llegamos a un "’populismo educativo” que construyó a esta sociedad y que perdió irracionalmente los principios de autoridad y respeto.
Esto hace que haya una realidad que nos golpea diariamente con hechos de violencia en las escuelas, fruto de la permisividad política de las autoridades educativas en primer lugar y de las autoridades políticas que hacen de ello un "status quo” porque desconocen la existencia de la valoración esencial de lo que debería primar en todo ambiente educativo, como es la autoridad docente y el respeto a las instituciones educativas.
