En este tercer domingo de junio celebramos el Día del Padre, como ocurre en numerosos países occidentales, con el propósito de recordar la importancia de la paternidad en la formación de un nuevo ser humano quien deberá afrontar los avatares cotidianos de la vida e integrarse a una sociedad cada vez más compleja y dinámica en la convivencia por los numerosos desafíos que encierra la convivencia.
Mucho se ha dicho sobre el papel que debe desempeñar el padre, pero la mayor diferencia radica en los padres buenos, que son muchos, con la tarea difícil de ser buen padre. Es decir, el abismo que existe entre el progenitor complaciente que todo lo concede suponiendo que es amor, con el otro que pone límites y sabe decir no con la firmeza de quien observa una conducta equivocada. Es que el buen padre dice sí cuando es sí y no cuando es no. En cambio el padre bueno sólo sabe decir sí, sin medir las consecuencias de la complacencia irrestricta.
Es que la vida se desarrolla en medio de una serie de problemas y es asumiéndolos, y resolviendo cada uno, la forma en que el individuo crece, por ello la importancia de tener una guía que signifique ejemplo, comprensión y cariño, junto a la ayuda responsable para que nuestros hijos se conviertan en personas autónomas sin traumas ni frustraciones.
El compromiso de ser padres nos coloca a diario en situaciones que requieren mucha valentía para no tomar el camino fácil y privar a los hijos de los límites que son vitales para que no sólo se rijan por los principios que les inculcamos, sino que tengan la fortaleza para ponerlos en práctica. Se debe crear conciencia del error de ser un padre condescendiente, decidido a darle a los hijos todo lo que desean, aún cuando interiormente se dude de la conveniencia de satisfacer un pedido riesgoso.
Los padres valerosos, por el contrario, tienen la capacidad de cuestionarse y tener la fortaleza para comprometerse de manera seria y profunda en la formación de sus descendientes, poniendo límites y restricciones no obstante lo difícil o doloroso que pueda resultarles.
Muchos de los problemas de los niños y adolescentes de hoy son el resultado de confundir los principios del rol de padre, es decir entre valientes y condescendientes. La supervisión de los adultos durante una crianza con equidad y amor es gratificada por los hijos en la mayoría de edad, al comprender la valerosa enseñanza recibida para abrirse camino en este peregrinaje de la existencia humana cada vez más difícil de convivir.
