Cuando se habla de la sonrisa de los niños recuerdo con gran afecto una pequeña historia que volvió a mí después de mucho tiempo.
A principio de la década del ’60 una familia humilde habitaba una casa alquilada. Entre los vecinos había numerosos niños de los cuales algunos eran lustrabotas o changarines, para ayudar en sus hogares.
En ese escenario el hombre de la casa, como se le solía nombrar, trabajaba en un reparto de golosinas. Desde algún rincón de su alma un día le surgió la idea de desempolvar un antiguo proyector de películas 8mm, hecho por sus propias manos, algunos años antes, emulando algún inventor.
La persona que proveía de los filmes en blanco y negro y, lógicamente sin sonido, era de apellido Cunto, o algo parecido, y le alquilaba a los aficionados que poseían aquellas "maravillas mecánicas", que no eran muchos por cierto.
En aquellos años aún no existía la televisión en San Juan y en verano, además de las radionovelas y los cines al aire libre no era mucho el entretenimiento que se podía obtener. Debe haber sido por ello que la casa ubicada en calle Palermo 319 -hoy Rivadavia- comenzó a convertirse, uno o dos días de la semana, en un nuevo cine barrial pero muy particular, pues solo asistían niños que eran invitados especiales, quienes sin abonar entrada, se acercaban cuando caía el sol, esperando la llegada de aquel hombre, que luego de una agotadora jornada de trabajo, se disponía a colocar sobre una vieja mesa aquel aparato mágico. De el saldrían la figuras de Carlitos Chaplín, el gordo y el flaco, los tres chiflados y cuantos otros, que ya ni recuerdo hacían reir a carcajadas aquellos niños sentados en el piso, sillas o muchas veces en su cajoncito de lustrar.
En los intervalos, esos pequeños eran premiados por la esposa del proyectista con dulces y caramelos.
Estas personas de las que he relatado una parte de sus vidas, y lo hago con orgullo, fueron mis padres, Yilda Rago y Marcelo Penise, quienes la única retribución que esperaron recibir era la sonrisa sincera de los niños.
