Ante la proximidad de Semana Santa me referiré al proceso mediante el cual fue condenado Jesús. En esos tiempos el territorio de los judíos estaba dominado por los romanos, por lo que, si bien los primeros podían ejercer su religión, no tenían el derecho de condenar y ajusticiar a alguien (Jn 18,31). El juicio y la sentencia corrían por parte de los romanos, expertos en leyes.

Los judíos deciden la muerte de Jesús por envidia (así lo atestigua el procurador romano, en Mt 27,18, donde asevera el evangelista que Pilato sabía bien el motivo de la entrega). Pero debían presentar una acusación que tuviera cierto peso jurídico y legal, para llevar a cabo sus planes de exterminio del Nazareno. Por eso se ejecutan dos juicios: Uno religioso, ante el tribunal judío, y otro civil, ante el tribunal romano.

Ante el tribunal judío, basta la acusación de blasfemia (Mt 26,66): Siendo un hombre, Jesús se hace pasar por Dios, ya que manifiesta un poder de perdonar los pecados, cosa que solo es atribuible a Dios.

La salvedad es que para el cristianismo posterior a la Resurrección, este hombre de Nazareth resulta ser el mismo Dios, el mismo Yahvé, el Yo Soy del Antiguo Testamento.

Pero una acusación de blasfemia, no era de peso ante un tribunal romano. Delitos religiosos no eran condenados con severidad. Entonces cambian el motivo de la condena: Jesús quiere hacerse rey, es un revolucionario político (Lc 23,2). Y ellos, que odiaban al César y a su Imperio, manifiestan que el César es su único rey, extraña conducta del hombre que traiciona, no solo a los demás, sino sus propios principios e ideales.

Viendo Pilato que la cosa iba de mal en peor, y que el pueblo amenazaba con acusarlo de complicidad con el supuesto revolucionario, y viendo peligrar su puesto, decide entregarlo para ser crucificado. Pilato, actuando en contra de su conciencia en el proceso contra Jesús, decide colocar una inscripción encima de la cruz: INRI, que en latín quiere decir: "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. Ésta atrae la atención de éstos, que quieren impedirlo (Jn 19,21), a lo que el gobernante proclama que "lo escrito, escrito está”, reafirmando la condición real de Jesús.

Como a Jerusalén acudían peregrinos religiosos de toda lengua y nación, hizo colocar además del hebreo, también la inscripción en griego y en latín, de modo que todo el que pasaba podía contemplarla.