El próximo domingo Horacio Rodríguez Larreta y Martín Lousteau se enfrentarán en una segunda vuelta electoral para definir quién será el próximo jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, una convocatoria a la ciudadanía porteña establecida por la Constitución de ese distrito, al haber incorporado el sistema de balotaje.
Como se sabe, este mecanismo, adoptado en Francia a fines del siglo XIX con el nombre de "ballotage” permite dirimir, en un segundo llamado, una elección en la cual ninguno de los contendientes alcanzo el número de votos requerido para resultar electo. Además, el sistema francés permite la reagrupación de fuerzas, a modo de nuevas alianzas, para apoyar a uno u otro candidato, o bien evitar las opciones como dejó en claro el Frente para la Victoria, o directamente votar en blanco como han resuelto las fracciones de izquierda.
En esta coyuntura el interrogante de la ciudadanía es si el voto en blanco beneficia o no a alguno de los contendientes, teniendo en cuenta que la Justicia electoral argentina considera al voto en blanco como válido, lo que no ocurre con las boletas declaradas nulas: observadas, impugnadas, entre otros casos. El argumento del sufragio negativo impulsado por el Frente de Izquierda de los Trabajadores (FIT) es que por medio del voto en blanco se cuantifica el rechazo de la población hacia los proyectos políticos en juego en el balotaje.
Sin embargo un voto negativo elude el compromiso del ciudadano frente a su responsabilidad de fortalecer a la democracia mediante su preferencia por quien cree que es la persona más apta para ocupar la función pública como su legítimo representante. Para ello el llamado a los comicios, en general y para cualquier renovación de cargos, le da al mandante un abanico de opciones donde se encuentran todas las corrientes políticas e ideológicas para sustentar la voluntad de los ciudadanos. El voto en blanco o nulo, por el contrario le quita legitimidad a la representatividad del elector frente a un compromiso que evade, porque no existe el ciudadano apolítico ya que no hace falta estar embanderado con alguna agrupación para tener ideas sobre lo mejor que necesita el pueblo. Y a esto lo tonifica el balotaje, como una segunda instancia en la búsqueda del mejor candidato.
