"El juego era entonces un modo de acercarse en secreto al amor posiblemente primerizo, un debutar en ensueños…". 

 

Entre sus delgados dedos ella deslizó con gracia el anillito, aureola dorada que contenía los últimos trozos de la tarde, para entregarlos a las manos ansiosas, urgentes de temblores.

Los chicos sentados en rueda y con sus manos como para el rezo, esperaban en la acera la caricia nívea de la muchachita y que algún sentimiento escondido de su almita adolescente se deslizara por sus manos y depositara la sortija como un mensaje de jazmines que les empinaría la ilusión por sobre la monotonía que generalmente en las siestas encendía ilusiones  a cococho de alguna pequeña esperanza.  

El juego era entonces un modo de acercarse en secreto al amor posiblemente primerizo, un debutar en ensueños aferrados a un engarce de incipientes primaveras; la ilusión de que si ella les depositaba el anillito, los prefería a los demás. Según la tradición del juego, algo de eso seguramente habría. Al recibirlo, esconder los tiritones del corazón que retozaba en manecillas de casi niños.

Ella pasó esa tarde de largo. Sus magnolias en cruz ignoraron todo y le dejaron a él las manos heladas. 

Desde aquellos afiebrados días, cuántos anillitos habrán caído como riachuelos de sueños en manos de pubertades; cuantos mensajes ensobrados en cartas improvisadas por manos frescas habrán llegado a destino y la vida habrá hecho de las suyas!

Siempre recuerda él cuando el Enrique quiso forzarle la ilusión a la chica que visitaba el barrio y que invitaron a jugar; le apretó las delgadas manos para estrujarle el recado esperado y ella lloró. Y cuando el anillito cayó entre los dedos de un chico que les resultaba extraño, quien se sintió notoriamente molesto y se retiró devolviendo la sortija ante el asombro generalizado desparramado por la vereda.

Con el paso de los años él la encontró. Iba de la mano de su hijito. Él ya era feliz o mejor dicho sentía periódicamente la felicidad engalanado por una bella vida familiar. En una placita poco se puede charlar en esas circunstancias, más que decir por compromiso: "cuántos años han pasado, ¿cómo andás…?". Entonces a ella la carita se le puso en modo de nardo mustio y le confió con borbotones de frases atropelladas en rigurosa síntesis algunas inesperadas tristezas. Y cuando saliendo del trance, el muchacho le recordó casi entre risotadas aquel crepúsculo cuando ella lo dejó temblando con las manitas vacías, la muchacha dijo que no había sido verdad que no pudo depositar el anillo en ninguna mano porque se le había perdido en el césped; que la realidad es que no quiso dejarlo a ningún chico porque el único elegido era él, y para ella esa confesión era demasiado fuerte como para revelarla.  

Él sonrió, acariciándole la cabeza en afectuoso ademán, mientras su chiquillo correteaba por la placita. 

Por los potreros del tiempo cabalgaba atiborrada de adolescencia una sortija de trigo encendido, bichito de luz que cosquilleaba inocencia y se empecinaba en esconderse en unas manos elegidas, aunque él no pudiera recibirlo.

Es increíble cómo pueden algunos sucesos encender el tiempo. 

Se despidieron en modo extraño, y él juraría que entre sus dedos le había caído una lagrimita.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete