A catorce días del desembarco militar argentino en Malvinas, el 16 de abril de 1982, partía rumbo al teatro de guerra -a 1.168 millas náuticas (2.163 km) de Buenos Aires- el acorazado ARA General Belgrano, para operatividad en la zona de las islas antárticas argentinas Georgias del Sur, Sandwich del Sur e Isla de los Estados. Procedente de esta última, a fin de integrar una acción conjunta de guerra con la Fuerza Aérea Argentina contra la escuadra inglesa, el 2 de mayo, a las 3 de la madrugada, estando a la espera de los aviones y del mandato de atacar en el sector indicado, recibió orden del Alto Comando de suspender el operativo, dada la nula posibilidad de vuelo debido a la intensa niebla reinante.
Alrededor de 12 horas después el Belgrano regresaba a la Isla de los Estados, escoltado por los destructores Piedra Buena y Bouchard, cuando a las 4 de la tarde de ese 2 de mayo, estando fuera de la zona de exclusión que rodea a las Malvinas -200 millas marinas (370 km)-, y sin que nada lo hiciera presagiar, fue atacado por el submarino nuclear Conqueror, de la Royal Navy.
El primer impacto lo recibió en la banda de babor -lado izquierdo del buque mirado de popa a proa (iba hacia el Sur)-, y el segundo torpedo acertó en el flanco de proa, produciendo tanto daño como el primero. Cuando habían transcurrido 20 minutos cargados de pánico, confusión y aturdimiento, la nave comenzó a inclinarse (escorarse) hacia babor, dando lugar a que el comandante diera la orden del inmediato abandono del acorazado. En el abarque total del desastre -explosiones y posterioridad en el mar-, de los 1.093 tripulantes murieron 323; haciendo comparación, la mitad de los soldados abatidos en el campo de batalla terrestre: 649.
Cuando el tiempo "material" se escurría vertiginoso, hubo tres signos puntuales de la suma inquietud en esos determinativos "instantes cruciales". El permanente urgente contacto del embajador de EEUU en Buenos Aires, Harry Shlaudeman, con el Departamento de Estado, y con el mismo presidente Ronald Reagan, fue un indicador "secreto" de las tensiones existentes. Dentro de esas ascuas diplomáticas se produjo la conversación telefónica que Reagan mantuvo con Leopoldo Galtieri, donde el presidente norteamericano lo instó a "abstenerse de una acción ofensiva", ofreciéndole su cooperación para evitar las hostilidades; poco antes había demostrado su buena voluntad con el envío a Buenos Aires de su representante personal en ese caso, el general Alexander Haig, para coadyuvar en esas tratativas.
Galtieri escuchó las propuestas de Reagan pero no se comprometió a nada, dejando en el presidente norteamericano -según propias palabras- "la impresión de que se estaba en un curso de conflicto armado". En un gesto que puede entrar en lo honroso, al despedirse Reagan había dicho a Galtieri algo que era aclaración y a la vez advertencia: "Mientras (tanto) tenemos una política de neutralidad sobre el tema de la soberanía, (pero) no seremos neutrales si Argentina usa la fuerza militar".
Además estaba la fuerte influencia inductiva del almirante Isaac Anaya, impulsor ideológico de la guerra y eminente obstaculizador de toda posibilidad de acuerdo con Gran Bretaña. Dentro de ese cuadro, Galtieri, aunque rebalsado por las circunstancias, mantenía una arrogancia de poder y de actuar, quizá soñando, eternizarse con "lo que iba a ocurrir".
Entre tanto, Reagan enviaba un mensaje a Thatcher, poniéndola al tanto de su conversación con Galtieri, y le recalcaba aquella "aclaración y advertencia" suya, hecha al presidente argentino. Con esto, al borde de un "tiempo de guerra", la primera ministra corroboró la antigua amistad que siempre unió a Gran Bretaña con los Estados Unidos.
Al llegar a este punto, necesariamente tenemos que volver, en enlace, a la primera parte de nuestro escrito. La figura pública de Thatcher estaba delineada perfectamente por su política de rigor e intransigencia. Ubicada en el último tramo de su primer mandato, en esos momentos estaba necesitando de un seguro apoyo popular para aspirar a una segunda gestión. De esa manera, en el suceso del Belgrano se le presentaba tangencialmente una "imperdible" oportunidad de ganar voluntades eleccionarias para el año siguiente. Su voluntad decidía ante el permiso pedido desde el Conqueror. Dado su carácter, no tuvo titubeos. Así, el "botón rojo" con que se activó el ataque a nuestro acorazado, fue "pulsado" por Margaret Thatcher. Política interna de por medio -en cuanto a resoluciones de guerra-, la primera ministra, sin vacilar, dio la orden al almirante de la flota inglesa: "Proceda, Lord Terence Lawin". Por cuestión de "ósmosis patria", el valor de sus acciones políticas subió.
