Fray José Luis Marcelo Beltrán, nació en San Juan el 7 de septiembre de 1784. Hijo de Luis Bertrand -un comerciante y artesano francés- y una sanjuanina Manuela Bustos. El sexto hijo y único varón de la familia Bertrand, compuesta por el matrimonio y su hijas Tránsito, Jacoba, Margarita, Sinforosa y Antonia. Ese año debieron emigrar a Mendoza, en busca de mejores oportunidades económicas. Allí se registró al pequeño con el apellido Beltrán por error o castellanización de Bertrand.
A los 16 años de edad ingresó al convento de San Francisco, donde estudió teología, caligrafía y latín. Allí el ambiente religioso inspiró su vocación hacia la iglesia y el 20 de agosto de 1800 escribió un documento clave, una especie de testamento abandonando las prerrogativas terrenales para abocarse sólo a Dios. En este documento es que Fray Luis cita a San Juan como su tierra natal.
Continuó sus estudios en Chile en donde demuestra un inusual talento por la música, aptitud que lo lleva años más tarde a ser vicario del coro de la orden. Pero sus lecturas no se limitan a las religiosas ya que devora textos técnicos de Arquímedes, Da Vinci, Copérnico, Newton y Lavoisier.
Los aires libertadores de 1810 calaron hondo en su espíritu, postulándose a capellán del ejército Patriota de Chile. Al año siguiente estuvo presente en la derrota de Hierbas Buenas, donde comenzó a brillar su intelecto en ingeniería. La recomposición de la artillería dañada en ese suceso le valió el ascenso a Teniente de Artillería, aunque sin abandonar sus hábitos.
Acompañó a O’Higgins, bajo el mando de José Miguel Carrera en el ‘desastre” de Rancagua. Derrota que lo obligó a escapar junto con los demás sobrevivientes a Mendoza, cruzando la cordillera, con sólo su hábito franciscano y sus herramientas.
Ya en Mendoza se puso al mando del General San Martín quien lo incorporó como capellán del Ejército de los Andes. Pero su talento en el área técnica era imposible de ignorar, por cuanto fue puesto a cargo del montaje del Parque y La Maestranza del Ejército de los Andes por consejo de Juan Gregorio de Las Heras.
Allí junto a ‘José Antonio Álvarez Condarco” transformó los talleres de ‘El Plumerillo” en una inmensa fragua con más de 700 hombres que fabricaban de todo cuanto hacía falta para equipar al ejército. Desde piedras de chispa para los fusiles, herrajes para los caballos y hasta el calzado de la tropa. Fundió cañones y obuses, granadas y cartuchos de artillería.
Pero todas las mañanas, a primera hora celebraba misa y una vez concluida la ceremonia, rápidamente se dirigía al taller. Si no estaba dando misa o trabajando en las fraguas es porque andaba deambulando por la ciudad, como un cartonero, en busca de: bronce, alambre, hierro, cuero o madera que le pudiera servir. Hasta las campanas de la iglesia echó mano para cumplir con la demanda del Gral. San Martín. En una oportunidad éste le pidió ‘Los cañones tienen que volar”, a lo que el fraile respondió, ‘No se preocupe general, si tienen que volar, alas tendrán”.
Bartolomé Mitre en su libro ‘Historia De San Martín” cita a Fray Luis Beltrán y dice: ‘Todo el caudal de ciencia lo había adquirido por si en sus lecturas, o por observación y la práctica. Así se hizo matemático, físico y químico por intuición, artillero, relojero, pirotécnico, carpintero, herrero, dibujante, cordonero, bordador y médico por la observación y la práctica; siendo entendido en todas las artes manuales; y lo que no sabía lo aprendía solo con aplicar a ello sus extraordinarias facultades mentales”. Fray Luis fabricó las armas de la revolución.
Con gran ingenio fabricó los medios que le permitieron transportar a Chile, cañones y obuses para la batalla de Chacabuco que le valió un reconocimiento del gobierno en ejercicio.
Tras la sorpresa de Cancha Rayada que le costó a las tropas patriotas casi todo su artillería, trabajó día y noche para en sólo 17 días estuvieran listos los cañones que le dieron el triunfo definitivo en Maipú.
El 20 de agosto de 1820 se embarcó con San Martín hacia Perú, donde estuvo a cargo de la maestranza. Allí durante los siguientes años pertrechó al ejército libertador en el Alto Perú, asistiendo a grandes hombres como Andrés de Santa Cruz, Sucre y Bolívar. En 1825 después de varios sucesos personales llegó a Buenos Aires donde también ayudó a pertrechar a las tropas del Gral. Martín Rodríguez en el río Uruguay y posteriormente pertrechó a la escuadra del Almirante Brown. En 1827 con la tropa de Alvear participó de la batalla de Ituzaingó. Ese mismo año producto de sus dolencias renunció a las armas, volvió a usar los hábitos que había cambiado por el uniforme en 1817 y se dedicó a la vida religiosa por escasos meses ya que falleció el 8 de diciembre de 1827 a los 40 años de edad.
Fue sepultado en el cementerio de la Recoleta ‘Clase de Sacerdote” por haber renunciado a la carrera militar antes de morir.
En la actualidad este cura, soldado e ingeniero autodidacta es citado en los textos con adjetivos como ‘El Arquímedes de la emancipación” o ‘El Ingeniero de la libertad”.
