En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: "Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.(Mt 28,16-20).
Los discípulos vuelven a Galilea. La "Galilea de los gentiles”, la región semipagana en la cual se encuentran razas, culturas y religiones diversas, es el lugar en el que se debe recomenzar la vida. En lo cotidiano, y en el complejo mosaico de los días, con sus fatigas y contradicciones, Jesús encontrará a sus seguidores después de haber vivido la tremenda experiencia de la cruz, unida a la luminosidad radiante de la resurrección. Jesús asciende a los cielos, desapareciendo de la vista de los discípulos, pero con su voz que resuena en el corazón de ellos, y cuyo eco desea llegar a todos sin exclusión. Ellos van al monte donde el Resucitado los había convocado y reciben una misión: "Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”. Para cumplir este objetivo, asumirán la "dulce y confortadora tarea” de proclamar la Buena Nueva. Ellos deberán ser misioneros de la cultura del encuentro. En efecto, hoy se celebra la 48ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Con este motivo, el Papa Francisco señala en su Mensaje para esta ocasión que "el mundo de la comunicación puede ayudarnos a crecer o, por el contrario, a desorientarnos”. El deseo de conexión digital puede terminar por aislarnos de nuestro prójimo, de las personas que tenemos al lado. La comunicación es una conquista más humana que tecnológica, porque quien comunica de verdad, se hace prójimo, cercano del otro. No basta pasar por las "calles” digitales, es decir, estar simplemente conectados; es necesario que la conexión vaya acompañada de un verdadero encuentro. Podríamos interrogarnos: ¿estamos conectados o comunicados? No podemos vivir solos, encerrados en nosotros mismos. Necesitamos amar y ser amados. Necesitamos ternura. Las estrategias comunicativas no garantizan la belleza, la bondad y la verdad de la comunicación. El mundo de los medios de comunicación no puede ser ajeno de la preocupación por la humanidad, sino que está llamado a expresar también ternura. La red digital puede ser un lugar rico en humanidad: no una red de cables, sino de personas humanas.
El Papa lo viene repitiendo hace más de un año: "entre una Iglesia accidentada por salir a la calle y una Iglesia enferma de autoreferencialidad, prefiero sin duda la primera”. Y las calles del mundo son el lugar donde la gente vive, donde es accesible efectiva y afectivamente. Entre estas calles también se encuentran las digitales, pobladas de humanidad, a menudo herida: hombres y mujeres que buscan una salvación o una esperanza. Gracias también a las redes, el mensaje cristiano puede viajar "hasta las Galileas de hoy”; hasta los confines de la tierra; hacia las periferias geográficas y existenciales. Una Iglesia de puertas cerradas no es la Iglesia de Jesús. Abrir las puertas de las iglesias significa también abrirlas al mundo digital, tanto para que la gente entre, en cualquier condición de vida en la que se encuentre, como para que el Evangelio pueda cruzar el umbral del templo y salir al encuentro de todos. Damos gracias a Dios porque el Papa es el hombre que a la Iglesia de Dios le ha dado un rostro humano, tierno y solidario. Es que quien dice que ama a Dios y no se interesa por el otro, es un mentiroso (cf. 1 Jn 4,20). La comunicación "en” y "de” la Iglesia debiera ser como el Buen Samaritano: llevar calor y encender los corazones. Además, ser un aceite perfumado para el dolor y vino bueno para la alegría. La imagen de Iglesia que debemos ofrecer es la que el Papa nos regala cada día: una comunidad creyente pero sencilla, transparente, que no engaña ni se hace aliada de la globalización de la indiferencia, y que busca ser experta en el arte de la comunicación.
El escritor francés, François Mauriac, observaba con tono despiadado: "No hay ningún sitio en que los rostros permanezcan tan inexpresivos como en las iglesias durante los sermones”. Y el novelista americano Julien Green: "Los gestos del predicador no varían, las modulaciones de su voz son siempre las mismas. Desde la primera palabra se adivina cuál será la última, como se sabe que la última palabra de una oración es el amén”. El gran filósofo católico Jean Guitton decía, ya anciano: "He calculado que en mi vida habré escuchado unos 3.000 sermones; de todos ellos, sólo 5 ó 6 los recuerdo y me sirven todavía…”. Alguien ha dicho que "el purgatorio de muchos sacerdotes va a ser el de hacerles escuchar de nuevo sus sermones”. Para pensar, ¿no?
