En artículos anteriores, nos referíamos al amor matrimonial, según el capítulo IV de "Amorislaetitia", del papa Francisco. Queremos ahora reflexionar sobre la duodécima característica del amor (1 Cor 13,4-7), "el amor todo lo espera", no desespera del futuro.

La esperanza nos permite mirar la vida con optimismo, pues se corresponde con el anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón del hombre. Esto protege del desaliento, sostiene en todo desfallecimiento, dilata el corazón. Siempre encontraremos, con la ayuda de Dios, una puerta abierta, una salida adecuada, que no habíamos visto. Es la confianza de que las situaciones adversas pueden cambiar. Por eso se dice que "la esperanza es lo último que se pierde".

La predicación de Jesús en los pueblos de Palestina era acompañada de la convicción que esa siembra, en el tiempo, tendría fruto. Esta confianza alimentaba el tesón del Señor a pesar de las dificultades y obstáculos que se presentaban. En la vida matrimonial hay que tener confianza de que el cónyuge puede cambiar para bien. Escribe el papa Francisco: "Indica la espera de quien sabe que el otro puede cambiar. Siempre espera que sea posible una maduración, un sorpresivo brote de belleza, que las potencialidades más ocultas de su ser germinen algún día" (AL,116).

No desesperar del futuro implica creer que, lo que Dios permite, es para nuestro bien. 

Ante la adversidad, el amor nunca se da por vencido, siempre tiene esperanza y se mantiene firme en toda circunstancia. La experiencia de haber llegado hasta aquí les muestra a los esposos que han podido superar adversidades, decepciones, disgustos, porque se aman, y por ello, son capaces de muchas metas y pruebas, al parecer, insuperables. Todos tenemos capacidades ocultas que aparecen cuando más las necesitamos. Por eso, hay que pelear cada batalla, a pesar que se nos diga que todo está perdido. Cuando se desea un futuro mejor es necesaria la acción, asumir los riesgos y ejercer la fortaleza necesaria para superar los obstáculos. Los grandes hombres han sido siempre personas de grandes esperanzas que han luchado hasta el final por alcanzarlas.

No desesperar del futuro implica creer que, lo que Dios permite, es para nuestro bien. Él escribe derecho en renglones torcidos y siempre saca algún bien de los males presentes: "No hay mal que por bien no venga". Escribe el Papa: "No significa que todo vaya a cambiar en esta vida. Implica aceptar que algunas cosas no sucedan como uno desea, sino que quizás Dios escriba derecho con las líneas torcidas de una persona y saque algún bien de los males que ella no logre superar en esta tierra" (AL,116). 

Hay que aprender a confrontar la espera en el pleno sentido de esperanza que "incluye la certeza de una vida más allá de la muerte. Esa persona, con todas sus debilidades, está llamada a la plenitud del cielo. Allí, completamente transformada por la resurrección de Cristo, ya no existirán sus fragilidades, sus oscuridades ni sus patologías. Allí el verdadero ser de esa persona brillará con toda su potencia de bien y de hermosura. Eso también nos permite, en medio de las molestias de esta tierra, contemplar a esa persona con una mirada sobrenatural, a la luz de la esperanza, y esperar esa plenitud que un día recibirá en el Reino celestial, aunque ahora no sea visible" (AL,117). No desesperar del futuro, es pues, la duodécima característica del amor conyugal.

Por Ricardo Sánchez Recio
Lic. en Bioquímica, Orientador Familiar, Profesor