"…el nene tuvo una corazonada. Algo le decía que el perrito no lo había abandonado. Hecho un rollito… dormía en un costado del portón de la casa".

Bastó que le dijeran alguna palabra afectuosa, un gesto, algo, para que se viniera con ellos desde el Parque. Al pasito parejo, a veces sobrepasándolos y mirando hacia atrás para confirmar que seguían cerca de él. Al llegar a la casa, el niño le acarició la áspera cabeza repleta de calle y soledades y entraron, preguntándole al padre dónde dormiría esa noche el animalito, a lo que este le respondió -por compromiso- que en la casita que seguramente él tendría, no ignorando que se trataba de un perro de la calle y que su hogar es ese ilimitado continente donde se deambula todo el día en busca de amor y alimento.

A la mañana siguiente el nene tuvo una corazonada. Algo le decía que el perrito no lo había abandonado. Hecho un rollito de sucio pelo callejero y desamparo, dormía en un costado del portón de la casa. Cuando el niño le dijo: Rocco, porque ése era el nombre que esa noche había elegido pegadito su sentimiento a la almohada, el animalito se sobresaltó como si lo convocaran con algo que ya su corazoncito le señalaba le pertenecía. Se incorporó moviendo su colita como péndulo de un viejo reloj construido para las horas y la esperanza y subió sus patitas a la reja, deshilachado en lloriqueos. Le tiritaba todo julio en sus costillitas. La noche había sido brutal con su escaso cuerpecito, pero alguien había reparado en él.

Ese invierno pareció el más largo para el niño. Le costaba dormir, pensando en el desamparo de Rocco, esparcido en el umbral de su confortable vivienda. 

Cuando les preguntó a sus padres si lo podía adoptar, darle la posibilidad de dormir sus huesos y desabrigo bajo techo, le respondieron que eso no podían hacerlo porque la cercana muerte de la última mascota casi les había destrozado el corazón y no querían experimentar otra vez el enorme sufrimiento padecido. La criatura entendió el mensaje desde su pequeño mundo de cinco años construido de inconmensurables ilusiones y escasas experiencias, y guardó silencio; pero la imagen amable y respetuosa del perrito que no reclamaba nada, salvo dormir sus heridas en la entrada de la casa, ese invierno feroz, le robó un par de lagrimitas que sus padres alcanzaron a descubrir.

Esa mañana, como todas, se levantó presuroso de la cama y corrió hacia la puerta a saludar a su amigo, quien ya no estaba allí. Pensó que se cansó de esperarles el amor o que alguien lo había cobijado, y ambas posibilidades volvieron a hacerlo llorar. Le contó a sus padres lo ocurrido. Ellos le confiaron que Rocco ya tenía donde vivir, y lo invitaron a la última piecita de la casa, donde el animalito dormía en su nuevo destino de madera y cariño.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete.